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¿Un relato sin adjetivos?

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Día 07/10/2012

En el prólogo que en 1945 escribió para el libro de Leopoldo von Ranke Pueblos y Estados en la historia moderna, el historiador C. P. Gooch veía en el historiador alemán -que vivió entre 1795 y 1886 y escribió una obra de proporciones colosales-la mejor expresión de lo que debe definir al historiador: información exhaustiva, objetividad, serenidad de juicio, conocimiento crítico de fuentes, estilo mesurado, maestría del detalle, facultad de generalización con minuciosa exactitud. Pese al inmenso desarrollo que la historia ha experimentado desde 1945, no creo que exista definición del quehacer del historiador que supere lo dicho por Gooch.

Para Ranke, la historia exigía dos cosas: investigación crítica y entendimiento comprensivo del pasado. No puede ser de otra forma. La vida histórica es ante todo complejidad, responde a una multiplicidad de factores y razones: a condicionamientos del clima, la geografía y la demografía, a la evolución de la organización y las formas de la economía y del trabajo, a las innovaciones y descubrimientos de la ciencia y la tecnología, a las consecuencias y necesidades de los modelos de organización territorial (estados, naciónes...) y de su seguridad y defensa, al peso de ideas, creencias, mitos, costumbres y religiones, a la influencia de los cambios y los conflictos políticos, a las ambiciones, preocupaciones e intereses de individuos, minorías, estructuras de poder y grupos y masas sociales, a la acción de pasiones irracionales que a menudo se apoderan del comportamiento colectivo.

La historia que -añado-requiere rigor analítico, conceptualización precisa y narrativa inteligente, es ante todo una necesidad social. Su gran desarrollo desde el siglo XIX responde a un hecho esencial: que el hombre es un ser histórico (Dilthey), que el hombre no tiene naturaleza sino simplemente historia (Ortega), que la vida es ante todo vida histórica.

No es posible ser objetivo cuando se escribe sobre Historia (o sobre cualquier otro tema humanístico, me atrevería a decir). Todos partimos de preconcepciones culturales, de las que muchas veces ni siquiera somos conscientes. Todos leemos los datos a partir de ciertas hipótesis y preguntas que orientan la respuesta en cierta dirección. Lo cual no quiere decir que lo que escribimos los historiadores sea totalmente arbitrario. Un historiador honesto pone unos límites infranqueables a su subjetivismo: por ejemplo, no deforma conscientemente lo que dicen los documentos, ni ignora o margina los datos que contradicen su teoría. Quien hace eso no actúa como un científico, no quiere conocer la realidad (en este caso, el pasado humano), sino que actúa como abogado de una causa, acumula argumentos en defensa de sus posiciones y deforma u oculta los que las perjudican.

La Historia de España tiene los problemas propios de cualquier país con un pasado conflictivo. No hay en ella excepcionalismo o «anormalidad», para empezar porque no existe una «norma». Cada sociedad ha recorrido un camino único, distinto a las demás.

La historia, en realidad, no se repite; su ley es el cambio, no la estabilidad ni la permanencia. Claro que hay conflictos que se enquistan durante muchos años, quizás siglos; los que vivieron las guerras de religión del XVI-XVII, por poner un ejemplo, creyeron sin duda que aquello era interminable; pero al final terminaron.

En cuanto a la posibilidad de que el historiador pueda predecir el futuro, francamente lo dudo. Con certeza científica, creo que solo se puede predecir algo genérico: el futuro será diferente al pasado. No sé cuánto tardará ni cómo ocurrirá, si el cambio será rápido o lento, violento o pacífico, pero lo seguro es que mis nietos vivirán un mundo distinto al mío. De ahí que sea más sabio prepararles para el cambio que enseñarles a ser fieles a nuestras pautas de conducta.

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