La huella de carbono se mide en la producción agrícola andaluza
Proyecto «Life Agromitiga»

La huella de carbono se mide en la producción agrícola andaluza

Un total de 35 fincas demostrativas ensayan estrategias de mitigación del cambio climático mediante el seguimiento del carbono del suelo

11/08/2020 Actualizado a las 14:07

La huella de carbono es un indicador ambiental que pretende reflejar «la totalidad de gases de efecto invernadero (GEI) emitidos durante el ciclo de vida de un producto».  Ante una sociedad cada vez más concienciada por el cambio climático y la necesidad de hacer un consumo responsable, compartir información sobre la huella de carbono de los productos aporta beneficios tangibles a las marcas y dos tercios de los consumidores apoyan la inclusión de etiquetas de huella de carbono en los productos alimentarios, según indica un reciente estudio internacional realizado en 2020 entre más de 10.000 consumidores de Francia, Alemania, Italia, Países Bajos, España, Suecia, Reino Unido y Estados Unidos.

No obstante, si este indicador tiene en cuenta la energía gastada en la producción o los kilómetros recorridos por los productos, cuando se trata de alimentos, las normas internacionales que miden la huella de carbono obvian temas como la forma en la que han sido cultivados, pese a que la emisión de gases de efecto invernadero será diferente dependiendo de las técnicas agrícolas utilizadas y de la cantidad de insumos incorporados para conseguirlos.

Para cubrir este hueco nace el proyecto «Life Agromitiga» que se desarrolla en un total de 35 fincas demostrativas de Andalucía, cuyo objetivo es desarrollar estrategias de mitigación del cambio climático a través de una agricultura inteligente en el uso del carbono. Cuenta como socios con la Asociación Española Agricultura de Conservación Suelos Vivos, Asaja Sevilla, la Universidad de Córdoba, la Federación Europea de Agricultura de Conservación, el Ifapa y la Consejería de Agricultura de Andalucía.

El seguimiento del carbono en el suelo es uno de los elementos centrales del proyecto, ya que hará posible contar con datos cuantificables sobre la capacidad sumidero del suelo, ajustados a la diversidad de terrenos agrícolas andaluces.

Con ello, se pretende demostrar que desde el sector agrario es posible «no sólo contribuir a la reducción de gases de efecto invernadero a la vez que se mantiene el fin productivo que persiguen los agricultores, sino también abrir las puertas al sector agrícola en general, y a los agricultores en particular, al mercado de carbono a través de la creación de una herramienta (una aplicación móvil o APP) de cuantificación del efecto sumidero de carbono en el suelo», declara Óscar Veroz, coordinador del proyecto.

Cultivos principales

El proyecto, que se ejecutará durante más de cuatro años (empezó a finales de 2018 y finalizará en 2022), cubre las zonas agroclimáticas más representativas de Andalucía, con cultivos herbáceos (rotación de trigo, girasol y leguminosas) y leñosos (olivar, cítricos, almendro y pistacho), utilizando la agricultura de conservación, modelo productivo que favorece una absorción más inteligente del carbono.

Se basa la aplicación de Buenas Prácticas Agrarias, consistentes en el mantenimiento de una cobertura vegetal en el suelo, la mínima alteración mecánica del terreno en la siembra y el establecimiento de rotaciones de cultivos.

Actualmente, «se está finalizando la primera campaña de estudio, donde estamos haciendo seguimiento a todas las explotaciones cultivadas bajo el sistema de la agricultura de conservación, comparando el secuestro de carbono con explotaciones testigos basadas en el laboreo convencional», explica Veroz, que añade que «esperamos tener en el mes de septiembre los primeros resultados».

Exportación de conocimiento

Además, «en la siguiente campaña daremos el salto a una escala de estudio trasnacional, ya que empezaremos a exportar el modelo desarrollado en Andalucía a Portugal, Italia y Grecia», avanza el responsable del proyecto.

Una de las características de los programas Life es que «no son proyectos de investigación, sino proyectos demostrativos», explica el coordinador del Life Agromitiga. Por tanto, «existe ya un background científico importante para poder desarrollarlo y llevarlo a cabo».

En este sentido, Óscar Veroz habla de que, según un metaanálisis de los estudios elaborados en España sobre la agricultura de conservación, «la técnica de siembra directa es capaz secuestrar hasta 0,85 tonelada de carbono por hectárea y año más que un manejo convencional», lo que supone, además, que «en un año, una hectárea de cultivo en siembra directa es capaz de secuestrar 3,14 toneladas de dióxido de carbono».

Asimismo, las cubiertas vegetales suponen «1,54 toneladas de carbono por hectárea y año, lo que supone que, en una anualidad, una hectárea de cultivo en siembra directa es capaz de secuestrar 5,7 toneladas de dióxido de carbono».

En la provincia, la patronal agraria Asaja Sevilla, socia del proyecto, lleva trabajando en el fomento de prácticas de la agricultura de conservación más de dos décadas, a través de los proyectos Doñana Sostenible (años 2001-2004), Humedales Sostenibles (2004-2007), Life Esteparias (2009-2013), Life Climagri (2014-2018) y Life Agromitiga (2018-2022). Una forma de cultivar que reduce la erosión del suelo «hasta en un 90% en comparación con el laboreo convencional», precisa.

Un hueco en la nueva PAC

Las técnicas de agricultura de conservación avanzan, aunque todavía a paso lento, en Andalucía. De hecho, ya son 100.639 las hectáreas en siembra directa (supone el 11,5% de la superficie total de cultivos herbáceos) y más de 754.000 hectáreas ocupan cubiertas vegetales (el 38% de la superficie de cultivos leñosos), siendo la región andaluza líder nacional en cubiertas vegetales en olivar.

Pero «aún queda mucho por recorrer en este camino», señala Óscar Veroz, debido a la resistencia al cambio de filosofía, pese a que este sistema «implica menos costes, al suprimir las operaciones de labranza».

De hecho, hay estudios que hablan «de un 20% de reducción de costes respecto a la agricultura convencional». Además, este sistema ayuda a cumplir con los requisitos ambientales y climáticos marcados por la Unión Europea, por lo que «es necesario que haya incentivos en la nueva PAC, vía Eco-esquemas o vía desarrollo rural del Segundo Pilar».

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