Cuestión de autoestima
«Si esta vez seguimos mirando para otro lado, nuestra ganadería está abocada a su desaparición y con ella sus producciones»
El sector ganadero viene arrastrando malestar y quejas, lo hemos comentado por activa y por pasiva. El campo se muere y nuestros gobernantes miran hacia otro lado. Sufrimos ataques continuos desde todos los frentes posibles: bajos precios en origen, embistes continuados a la calidad de nuestras producciones, bienestar animal, legislación con medidas restrictivas que obligan a replantear y acometer inversiones de calado pero sin fondos, y un largo etcétera.
Pues bien, ha llegado el día, nuestro sector herido de muerte lanza una voz desesperada de auxilio, y si esta vez seguimos mirando para otro lado, nuestra ganadería está abocada a su desaparición y con ella sus producciones.
El ganadero no puede asumir más subida de costes, su cuenta de explotación (si alguna vez la hizo) está ya en números rojos. Lo que es peor no es el daño económico, que con decretos de ayudas y buscando culpables en otros integrantes de la cadena alimentaria para que reduzcan sus márgenes (ni que esta medida sea la panacea) diferenciando sistemas productivos, y dando valor a la producción primaria se puede paliar, en parte.
Ataques continuos
El mayor daño que se les está haciendo a los ganaderos es cuestionar sistemáticamente su sistema de vida. Es atacado desde todos los frentes posibles, es causante del cambio climático, asesino de especies, maltratador, explotador, etc. Reconozco la dureza de los adjetivos que he usado pero no encuentro forma de suavizarlo. Desde los grupos ecologistas se ha venido haciendo un ataque sistemático que poco a poco va calando en nuestra sociedad, lo que origina una pérdida de consumo y una pérdida de valor de nuestras producciones.
Y lo que es peor, un quebranto de la autoestima de nuestros ganaderos, que cada vez son más mayores y cada vez tienen menos ganas de plantar cara y defender un modo de vida tan necesario. ¿Alguien se ha planteado por un momento que pasaría si desaparecieran nuestros ganaderos? ¿Qué ocurriría si nuestra dieta careciera de proteína animal? ¿Qué pasaría con nuestro entorno si desapareciera el pastoreo? ¿Qué ocurriría con nuestras especies animales si se rompiera el equilibro?
¿Alguien se ha planteado la importancia que tienen nuestros ganaderos, que no conocen horas en su jornada laboral, donde la semana es de siete días y donde el animal es el centro de su vida? ¿Algún dirigente gubernamental de despacho con moqueta se ha preocupado de ver cómo es su día a día? ¿Algún integrante de grupos ecologistas se ha pasado por una explotación ganadera y ha compartido una sola semana con ellos? ¿Ha compartido el cambio de las estaciones y la dificultad de los días de invierno o de verano?
Dosis de Autoestima
¿Algún gobernante o sus asesores, al abrigo del temporal, ha pensado que quizás lo que necesita el campo es una dosis de estima, de reconocimiento de una labor bien hecha? ¿De verdad pensamos que el origen de todos los males del campo está en la distribución, que pone márgenes abusivos (vaya por delante que opino que hay muchos eslabones en la cadena alimentaria y todos ponen márgenes salvo el productor, que vende al precio que le compran)?
¿Alguien se ha parado a pensar qué ocurre con la industria del calzado (por citar alguna que curiosamente está íntimamente ligada con la ganadería por la necesidad del uso de pieles y cuero) o la industria textil (más de lo mismo con el uso de lanas y otras fibras de origen animal) con las grandes superficies y el sector de la distribución? Bastaría pensar qué ocurre con los productores de zapatos, seguro que el precio al que las distribuidoras compran su producto manufacturado está muy lejos del precio que pagamos por un calzado en el comercio.
En definitiva, y bajo mi humilde opinión de mero observador, el sector ganadero en general, y el ovino y caprino en particular, está muy enfermo, en estado casi crítico si me permitís el símil. El ganadero está cansado de la lucha diaria, sin apoyos, sin ideas y, lo que es peor, sin reconocimiento de su labor. Por el contrario, solo recibe ataques y sinsabores.
Quizás habría que empezar por hacer una valoración de su labor, aumentar la autoestima, dar el valor que le corresponde a una actividad milenaria, tan antigua como la humanidad y luego seguir con los cuidados paliativos. Al enfermo tan importante es el tratamiento sintomático como el tratamiento psicológico. Hay una cita que desconozco su autor, «Cuando alguien juzgue tu camino, préstale tus zapatos». Las puertas están abiertas, ¿alguien se apunta?