El campo, uno de los últimos bastiones auténticos
«Cualquier actor social se posiciona hoy al lado del campo, que se manifiesta indignado estos días»
Crisis tras crisis, el campo siempre ha sobrevivido, como no puede ni debe ser de otra forma en un negocio con componentes patrimoniales, socio-económicos y culturales tan relevantes. Pero en un entorno cambiante, disruptivo y con tantas y específicas incertidumbres añadidas como nunca antes se habían conocido, el marco y las reglas del juego tradicionales ya no son las mismas y han llevado estos días al sector agro a explotar.
Todos nos apoyan en unas movilizaciones que los agricultores no deseamos, la ciudadanía está con nosotros, todos los sindicatos agrarios, la patronal, trabajadores, etc. Cualquier actor social se posiciona hoy al lado del campo que se manifiesta indignado estos días.
Lo excepcionalmente curioso es que hasta los políticos nos animan a expresar este descontento, a hacernos oír cuando, paradójicamente, las soluciones principalmente pasan por ellos. La demagogia de estos sujetos al subirse al carro del descontento e indignación es inaudita.
Las soluciones
Está claro que la solución no es ni mucho menos fácil ni única, pero la voluntad, no ya la acción política, bastaría para encauzar la situación. Y esta no pasa sólo por volver a bajar las peonadas para tener acceso a las migajas con las que, crisis tras crisis, los sucesivos gobiernos intentan tapar sus vergüenzas.
Innumerables son los ejemplos sangrantes de falta de voluntad política y que tan poco costarían al Ejecutivo: los contratos de temporada eléctricos desaparecidos y que junto a la tarificación actual han supuesto pasar en cultivos de frutales de unos costos energéticos para producir un kilo de poco más de un 1% a casi el 20% en los últimos 10 años; el coste del gasóil, del cual bastante más del 50% corresponde a impuestos; etc.
Paralelamente a estos altísimos incrementos de los costos de producción, los precios de venta en muchos productos son iguales en el mejor de los casos a los de hace más de treinta años. Para seguir compitiendo en este entorno y en un mercado global, sólo queda seguir invirtiendo en producir con más calidad y generando más productividad.
Desánimo del sector
Pero si incluso a nivel europeo la agricultura pasa a ser moneda de cambio en el comercio global, todos estos esfuerzos se vuelven estériles y conducen al desánimo de un sector que no sólo necesitamos para asegurar un abastecimiento de alimentos obtenidos con la máxima seguridad alimentaria, con los más estrictos requisitos de producción, sino que nos asegura ese entrono rural que tanto gusta disfrutar a los ciudadanos «urbanos».
Unamos a todos estos problemas que tenemos y nos procuramos internamente, los que cíclicamente surgen derivados de crisis a nivel geopolítico (caso de bloqueos comerciales como el de Rusia por la crisis ucraniana, del tipo arancelario como el recién sufrido con EE.UU.) o la crisis sanitaria que estamos viviendo y que ya está suponiendo un estancamiento comercial y de bajada de precios. Tanto por lo que dejamos de vender y por lo que no va a recibir China y que inundará Europa estos días.
Nos encontraremos así ante una crisis perfecta con precios de venta insuficientes para afrontar costes inasumibles, climatología cada vez más adversa para planificar y asegurar producciones estables, nula voluntad política nacional y europea de apoyo al sector, y todos los problemas derivados de la globalización, sin poder prácticamente hacer uso de los beneficios de la misma.
Como productor y comercializador de cítricos y frutales sólo me queda seguir trabajando a diario con fe siempre en la campaña próxima, sabiendo que el fruto a este esfuerzo tarde o temprano llegará (o quizá no), pero con la certeza de que no hay vuelta atrás, que hasta el campo, de lo último realmente auténtico que quizá nos quede como sociedad, no volverá a ser el mismo y que mis hijos no lo conocerán así, auténtico, y menos aún como su medio de vida.