El civismo del campo y la cadena alimentaria
«El anunciado RD-Ley 5/2020 iba a cambiar la situación, pero hoy todo sigue igual. Los precios no han variado y, para colmo de males, llega el coronavirus»
Continúan las tractoradas que se han venido sucediendo a lo largo de las últimas semanas y las manifestaciones en todos los puntos de nuestra geografía nacional. Sin ir más lejos, en los cortes de carreteras en la provincia de Sevilla, el campo dio muestras de un exquisito civismo y respeto, tanto por el medio ambiente, como por los bienes públicos. Se puede protestar y gritar a los cuatro vientos, la rabia contenida por un campo que se muere y asfixia una forma de vida.
Expresar nuestro grito de socorro esperemos que sirva para ver si, de una vez por todas, llega a los poderes políticos, que ocupan su poltrona al abrigo de los días de viento solano, los temporales de agua (cada vez más escasos por cierto), las heladas mañaneras que tiñen de blanco la sierra y los agotadores días del estío que nos seca hasta el alma.
Esos mismos que hace algunos meses, antes de revalidar su contrato y para pasar el examen de las urnas, no dudaban en mancharse los pies de estiércol de la granja y estrechar la mano del ganadero y el agricultor.
La Ley de la Cadena Alimentaria
Pues bien, esa medida que se nos anunció a bombo y platillo en las postrimerías de la manifestación de Sevilla que iba a cambiar la situación, el RD-Ley 5/2020, iba a dar valor a los eslabones de lo que se ha dado en llamar cadena alimentaria (que es la cadena que atenaza al campo como la pesada bola que en otros tiempos se fijaba a los reos).
Esa ley pasó su puesta en escena presentada con pompa y boato donde «se prohibía vender por debajo de los costes de producción», «se prohibía la venta a pérdidas», «cada eslabón de la cadena debería cubrir los costes de producción y los márgenes no se podrían cargar al eslabón inferior»… Y tantas otras frases grandilocuentes que salieron de la boca del ministro, y que hoy, unas semanas después, todo sigue igual.
Los precios no han variado, el precio del cordero sigue siendo el mismo, la diferencia entre el precio a pie de campo y el precio en el mercado sigue siendo abismal, el consumo de cordero sigue cayendo y en diciembre este descenso marcó mínimos históricos anuales.
Pero el ganadero paga el pienso más caro y buena parte de ese precio son impuestos, los costes laborales se han incrementado y una gran parte de ese incremento salarial va a las arcas del Estado. El combustible ha subido una barbaridad, y la mayor parte del precio de la gasolina son tasas e impuestos. Y aun así, el ganadero continúa alimentado a sus ovejas y vendiendo los corderos igual que antes.
El coronavirus
Y ahora, para colmo de males, llega el coronavirus, el mercado japonés y chino, incipientes y con gran potencial consumidor de nuestro cordero español, va y se resfrían, estornudan y lo meten en cuarentena.
Y a nuestras dehesas y nuestras sierras no ha venido nadie a la puerta de la majá a preguntarnos cuál es el coste de producción de nuestro cordero. ¿Qué criterios van a seguir para fijar los costes de producción y los costes añadidos en cada uno de los eslabones? ¿Quién va a ser el encargado de fijar esos costes? ¿Se va a tener en cuenta por una vez al ganadero y al productor, o serán los sindicatos de clase los que se reunirán con el Gobierno para acordar los costes de producción?
Y yo me pregunto: ¿Por qué no dejan hablar al campo y el resto deja de enredar y se mantiene en un discreto segundo plano?