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Actualidad agraria

El campo que se nos va

«El campo se desangra, se nos va tal y como lo hemos entendido durante muchas generaciones»

06/10/2022 Actualizado a las 11:40

Momento de cerrar una campaña y empezar otra. Hacer balance, hacer predicciones que rara vez se cumplen.

Mensualmente celebramos el Comité Ejecutivo de Asaja Sevilla, que es donde principalmente solemos analizar los problemas del campo y tratar de buscar soluciones a los mismos. La conclusión en los últimos celebrados se está convirtiendo en una constante: el campo se desangra, se nos va tal y como lo hemos entendido durante muchas generaciones.

Recuerdo que en el de febrero estuve especialmente belicoso, fruto de la incomprensión e impotencia ante este hecho refrendado en múltiples agravios hacia nuestra forma de vida, y del cual poco más recuerdo ante los hechos que estaban por venir.

En efecto, a la finalización del mismo tenía como siempre bastantes llamadas perdidas, entre ellas un par de uno de esos mayores, de uno de mis mayores de los que suelo comentar anécdotas, experiencias o enseñanzas. Fue al primero al que contesté y con el que hablé, como no podía ser de otra manera.

Raro era el día que no veía o hablaba con Juan. Hablábamos, como siempre,  de campo y de vida, quizá al revés, ahora sé que seguramente al revés, aunque vaya, para nosotros era lo mismo. Al quedar con él para el día siguiente y seguir comentando temas, nuestros temas, aprendiendo yo, agrandando él su leyenda, nunca pude imaginar que sería en su propio entierro.

La historia de Juan, un claro ejemplo

A sus recién cumplidos 69 años, más bien llevados de lo normal, debido a una vida sana y ordenada, equilibrada sobre todo, Juan seguía trabajando como el que más, y no era cuestión de tiempo, porque él era un artista del campo. Una hora a su lado, honestamente, debía de dar más créditos a un currículo que un máster. Para llegar a una observación suya, cualquiera de nosotros hubiera necesitado horas, días o quizá nunca hubiera alcanzado esa sabiduría.

Era un perito de campo, de los que no necesitaba correr para verlo todo, al que no le pesaban las hectáreas, ni los terrones, ni los kilómetros.

Hace tiempo, bastante, cuando, como decía Margarita «te lo pasabas bien trabajando», planteábamos crecer comprando más tierra, me decía, «Manolo a mí me da igual llevar una que 1.000 has o las que me pongas por delante, total son más km y más tiempo, pero por favor no me pongas un ordenador». Su mesa sigue siendo la única que no tiene ordenador en la oficina.

Agricultura / Asaja Sevilla

Le gustaba su trabajo, seguía activo y solo accedió a solicitar su pensión de jubilación activa al escuchar hablar de la reforma laboral en ciernes a esos especialistas de todo y de nada, que le iba a mermar la misma como a cualquier persona que haya evolucionado y que cobre más de mayor que de joven. No sé si llegó a cobrar siquiera un mes del Estado.

En efecto Juan era un perito de campo, no me entiendan mal, no estaba reñido con las nuevas tecnologías, se adaptó y pensaba en ellas como una herramienta más, nunca como un fin, pero que no tuviese él que dejar de tener tiempo para ver el campo por tener que mirar una pantalla, prefería probar la fruta a ver qué decían los papeles sobre ella. Prefería el conocimiento a la burocracia.

De igual forma, le molestaba sobremanera el calor y la lluvia excesivas, pero solo las que predicen el fin del mundo en los noticieros, esas que se padecen únicamente desde el aire acondicionado y a cubierto de la ciudad.

Sus enseñanzas

Él era ese amigo de pocas y geniales palabras, al que, consciente del valor de las mismas, tenías que demostrarle que las merecías y es ahí, cuando estando dentro del grupo de los elegidos a los que regalaba su saber, comprendías qué clase de persona era.

Era un tipo de hombre que carecía de esa estúpida vanidad masculina que padecemos la gran mayoría. No, él no necesitaba regalar los oídos a nadie, salvo a sus contrastados. No era catedrático ni tenía necesidad de enseñar para escucharse, pero al hacerlo sentaba cátedra sin duda.

Lo de Juan iba más allá de madrugar, el amanecer nunca le sorprendía, simplemente le llegaba tarde, cuando ya estaba en el tajo. De su etapa en el mercado traía esa costumbre de que ya no quisiera café cuando lo veías a media mañana, porque ya llevaba dos o tres, y me decía, «Manolo cuando has crecido laboralmente de joven con más de cien personas al día queriendo engañarte antes de las seis de la mañana, lo raro es que no tuviese los dientes retorcidos».

Me gustaba escuchar las conclusiones de sus viajes. Nunca te iba a contar lo que pudieses encontrar en un reportaje o guía turística. Veía otras cosas al igual que escuchaba de otra manera, me decía «Manolo escucha esta emisora, esta al menos te deja pensar».

Cuando alguien le preguntaba algo cuya respuesta él no quería compartir por la razón que fuera, siempre decía que «todo el mundo tiene derecho a equivocarse». Era de esas personas cuyo gesto se valía por sí mismo, sin necesidad de adornarlo añadiéndole palabras.

Aún queda esperanza

Ahora, pensando en la campaña pasada y analizando la campaña en curso; más allá de la decepcionante sensación de que una vez más esta pasada ha sido y con diferencia la peor campaña citrícola de la historia, donde han confluido todas las posibilidades para hacerla así; está la trágica sensación de que el campo se va, ese del que tanto he escrito y del que cada vez queda menos por reconocer.

Pero somos campo y por tanto estamos vinculados a la esperanza, como la planta al terrón y que ahora se traduce en mojarnos con esa agua que no cae; en soñar con un precio justo fruto de ese descenso global de producción esperada de más del 30% (a falta del dato de Egipto); en saber que la paridad del euro-dólar nos hará más competitivos frente a la competencia de las importaciones que desvirtúan las reglas del mercado por el principal hecho de infringirla, y en que el único fuego que arda sea el de los restos de poda para eliminar plagas y no el de la incompetencia invernal.

Falta calidad

Por otro lado, tenemos la sombra de la falta de calidad general, esperada en forma de falta de calibre por las condiciones meteorológicas acumuladas durante un año más incierto que nunca, descontada incluso la guerra de Putin.

En estas ando pensando en la campaña que se nos echa encima y todavía me duele saber que hoy no voy a aprender nada al no comer con Juan. Me voy quedando huérfano de referentes, de mis mayores, y por tanto de campo.

Cada día tenemos menos tiempo para dedicarlo a lo importante, tanto en nuestro negocio como en la vida, inmersos en trabas generadas por pamplinas. Y lo importante Juan lo entendía a la perfección. Él era un artista del campo y de la vida, un agro-bohemio como lo denominaba. Juan era ese campo, representaba todo lo que se está perdiendo, sí, era ese campo que se nos va, como lamentable y tristemente se nos fue él.