Un etiquetado riguroso para nuestra agricultura
«Sería el momento preciso para demandar, definitivamente, un etiquetado riguroso de nuestros productos, que arroje luz a los consumidores»
Es tiempo de reflexión y de pensar qué podemos hacer los españoles con nuestro país, después de la terrible pandemia que nos azota. Dentro de unos días o semanas, comenzaremos a hacer nuestra vida normal, no como la de antes, pues para ello, supongo, hará falta una vacuna contra el Covid-19.
Pero, ¿qué podemos hacer cada uno de nosotros para levantar en el menor tiempo posible los perversos efectos sociales y económicos que esta crisis nos ha provocado? Desde la agricultura sería el momento preciso para demandar, definitivamente, un etiquetado riguroso de nuestros productos, que arroje luz a los consumidores.
Entiendo, Sr. ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación, que esta etiqueta debe ser rigurosa, veraz y transparente, la cual ha sido demandada, hasta la saciedad, tanto por asociaciones agrarias como cooperativas a la Comisión de Agricultura de la Unión Europea desde hace más de 20 años, y solo hemos conseguido arrancar de sus burócratas el reconocimiento y conveniencia de su implantación, en aras de ofrecer más información al consumidor sobre lo que va a adquirir.
Pero nada más, pues siempre han prevalecido los compromisos adquiridos con sus socios comunitarios a informar correctamente a los consumidores europeos. Por ello, creo que es hora de que usted, Sr. ministro, se pronuncie con firmeza ante Bruselas, y si esta sigue oponiéndose a esta imprescindible medida, España la implante unilateralmente en su territorio.
Ventajas para los consumidores
Así, los ciudadanos españoles sabremos que, por ejemplo, al comprar una bolsa de patatas ésta ha sido producida y proviene de Andalucía, Galicia o País Vasco, pero no permita ni un día más su etiquetado engañoso y farragoso, donde una patata de mala calidad, vieja y lavada entra como nueva en España por importadores que a duras penas informan de su origen francés.
Fue Lope de Vega hace ya algunos años el primero en describir las excelencias de la patata de Málaga en su comedia «El hijo de los leones». ¿No le parece, Sr. ministro, que desde Lope de Vega a nuestros días podríamos haber avanzado un poco más en este maremágnum de desinformación alimentaria?
El arroz es otro gran ejemplo. Así, con un etiquetado claro, el consumidor sabría si el producto que tiene en sus manos se ha producido en Sevilla, Cádiz, o tal vez en Valencia. Que se ha producido (o no) bajo normas estrictas de protección al Medio Ambiente -Producción Integrada-, o bajo la directiva de Producción Ecológica, o en su caso, bajo las normas de producción tradicional y, por supuesto, en España y no en la India, Camboya, Vietnam, Tailandia o Uruguay, donde la seguridad alimentaria brilla por su ausencia y la información de su procedencia, en los mejores casos, se omite.
Igual le podría decir de las pésimas naranjas que su Ministerio autoriza a importar de Sudáfrica o Marruecos, con absoluto desprecio de la alta calidad de los cítricos de nuestra tierra. Y qué decir del maravilloso paraíso de olivares de nuestra Andalucía, castigados una vez más con aranceles abusivos impuestos por la administración de Estados Unidos por compromisos industriales, esta vez del sector aeronáutico, que ha supuesto la pérdida del 80% del mercado americano sin que Bruselas se pronuncie en principio.
Convenios bilaterales
Pero claro, me argumentará, Sr. ministro, que hay que cumplir con los convenios bilaterales, donde la Unión Europea (UE) vende ingentes cantidades de material industrial, máquinas diversas, automóviles, material eléctrico y electrónico, pero siempre con una única moneda de cambio, nuestra agricultura.
Sí, esa que durante esta horrible pandemia no ha dejado de producir alimentos para sus conciudadanos. Esa que junto a los servicios sanitarios, en primer lugar; transportistas, servicios de limpieza, repartidores, mercados de barrio, grandes superficies, policías, guardias civiles, Ejército y muchos más, no han dejado de prestar sus servicios ni un solo día, por todos nosotros.
Ahora, Sr. ministro, llega la hora de que el ciudadano sepa dónde tiene que gastar sus recursos y comprar productos netamente producidos y elaborados en España; ir a tomar nuestra cerveza a los bares de nuestros autónomos; hospedarnos en nuestros hoteles y, si podemos ir de vacaciones, hacerlo en España.
Si todos nuestros productos estuvieran perfectamente documentados, con su rigurosa etiqueta, le aseguro que levantaríamos a nuestro país. Por contra, esta situación solo beneficia a otros países, como los del norte de la propia Europa, que no quieren saber nada de nuestra situación actual y mucho menos del inmediato futuro socio-económico que nos espera. Países que, en otras repetidas ocasiones, defendían comprar alimentos -arroz- en Asia, argumentando que era un producto más barato que el producido en la UE.
Desde su responsabilidad, Sr. ministro, le pido que ponga fin a esta lamentable situación, y en lo que a usted compete, haga su trabajo y hágalo ya, no queda más tiempo para frases grandilocuentes, solo queda tiempo para trabajar firmemente y, si es así, tendrá como en otros tiempos no tan lejanos, a todos los agricultores españoles de su lado.