La ganadería extensiva, nuestro mejor aliado
«Incendios y sequía combinados, muestran su lado más cruel en verano. En esos momentos se activan todas las alarmas y se prometen medidas contundentes para evitar que se repita, pero todas esas voluntades se duerman a los pocos meses»
La crisis climática provocada por la actividad humana adopta múltiples formas, en nuestro territorio, dos consecuencias fatales: La falta de agua y los incendios rurales. Ambos tienen unas consecuencias devastadoras, a corto y a largo plazo, pues cortan de cuajo la posibilidad de vivir y trabajar en el medio rural de manera digna.
Incendios y sequía combinados, muestran su lado más cruel en verano, y a todos se nos rompe el alma cuando vemos las imágenes por televisión, o recordamos esos paisajes que conocemos y que nunca volveremos a ver como eran antes. En esos momentos se activan todas las alarmas y todos prometen medidas contundentes para evitar que se repita, pero lo más triste es que todas esas voluntades, se duerman a los pocos meses.
Porque la sequía se combate cuando aún queda agua, y los incendios, cuando aún el campo está verde. Las medidas preventivas, de buena gestión del territorio y de ordenación resulta fundamentales hacerlas bien, antes. Cuando mejor se combaten los fuegos es trabajando duro a lo largo de todo el año. Y aprender de tanto bueno que muchas generaciones anteriores pusieron en práctica. Entender qué manejos son los que hacen el territorio más sostenible y resiliente.
No es casualidad que exista una clara correlación inversa entre el descenso de la ganadería extensiva, el despoblamiento rural y el aumento de los fuegos. Estamos en una tierra eminentemente ganadera, hoy, sólo el 38% del suelo es apto para cultivos, mientras que el 50% del suelo son pastos abandonados.
Una profesión en retroceso
En los últimos años han desaparecido el 65% de las explotaciones ganaderas familiares. El ganado extensivo realiza una labor de gestión de pastos en miles de hectáreas cuya desaparición se traduce hoy en un gran drama y unas pérdidas irreversibles.
Este hecho, esta situación indiscutible, tendría que hacer que cualquier dirigente político se volcase inmediatamente en medidas que fortalezcan el sector de la ganadería extensiva, pero la peor de las realidades es que seguimos castigando a un sector que lleva demasiados años en una profunda crisis estructural.
Un ganadero de extensivo recibe en España un pago básico de 60 euros/hectárea admisible, mientras que, por ejemplo, en Italia reciben 229 euros/hectárea admisible y en Grecia llegan hasta los 258 euros/hectárea admisible. La ganadería extensiva sigue siendo discriminada en la Política Agraria Común. Con estas condiciones es imposible que se produzca el relevo generacional.
Hace unos días, pudimos participar en una preciosa experiencia, la travesía de un rebaño trashumante por los Picos de Europa. El paisaje y las vivencias son increíbles, pero conocer las precarias condiciones en las que viven los pastores, el desamparo en el que se encuentran, en el que se sienten mina la moral. Son el ejemplo vivo de una profesión, una actividad que más allá de darnos unos productos excelentes, generan toda una serie de bienes comunes (aire, suelo, clima, paisaje, agua) que son imprescindibles para toda la sociedad. Es hora de que se reconozca socialmente, legalmente, económicamente, las funciones esenciales de la ganadería extensiva. Es así como se combaten los fuegos, la sequía, el despoblamiento.
La ganadería extensiva son los mejores bomberos que tenemos, y los tenemos desamparados. Defender, potenciar la ganadería extensiva se ha convertido en una cuestión de Estado, porque de su viabilidad, de su supervivencia depende, en gran medida, las condiciones de vida en primera instancia de esos pueblos y comarcas que hoy arden pero, a renglón seguido, la calidad de vida de todos. Porque no nos engañemos, por este camino, sin ganadería extensiva, el fuego acabará llegando a donde quiera que vivamos.