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«La FULP es ya la tercera fundación del país en volumen de negocio»

Entrevista a Manuel Campos Gómez, presidente de la Fundación Universitaria de Las Palmas. «La clave en las Islas es invertir en I+D+i. El boom turístico nos hizo deshumanizar el concepto del trabajo y los estudios y ahora sufrimos unos niveles elevadísimos de paro entre los jóvenes»

Día 06/07/2010
ALEJANDROQUEVEDO
Manuel Campos Gómez, santo y seña de la FULP.
Con casi tres décadas de existencia, la Fundación Universitaria de Las Palmas fue el germen propicio que dio pie a la implantación definitiva de la Ulpgc en la década de los 80, después de superar las fricciones (eso sí, ya cauterizadas) con Tenerife, denominada por el propio Manuel Campos como «la isla hermana». Ahora el presidente habla con perspectiva de lo que ya se ha andado y de lo que queda por hacer.
—¿Cómo se fraguaron los inicios de la Fundación?
—Ante todo, tengo que decir que los canarios, desde el siglo XVI, están reivindicando una universidad «plena» en nuestra isla. Se luchó durante varios siglos por ese objetivo, tanto en tiempos de bonanza económica como en periodos de estrecheces. Pero fue en los años 50 y 60 cuando se vivió un nuevo renacimiento de esta idea, después de las numerosas reuniones que al respecto se hicieron en edificios ilustres como el Museo Canario o el Gabinete Literario. Finalmente, el martes 23 de noviembre de 1982 (no se me olvida la fecha porque fue un día más que lluvioso) se reunió un grupo de personas en el Cabildo de Gran Canaria bajo la presidencia de Fernando Jiménez Navarro, dando así lugar a la creación de la Fundación Canaria Universitaria de Las Palmas, con Juan Díaz como primer presidente. Se trabajó lo indecible, pero se consiguió así dar el paso crucial para configurar la Universidad en Las Palmas.
—Ese último paso tuvo que ser más que duro....
Todo esto fue posible, sin embargo, por el enconamiento de la burguesía tinerfeña y la racanería del director del periódico El Día, don José Rodríguez, que preferían seguir con la idea de La Laguna como universidad regional. Todo eso fue el acicate que llevó en volandas a la gente a presionar al Gobierno de Canarias con aquellas famosas manifestaciones del año 82 y 89, que portaban eslóganes tan recordados como «Ahora sí, Universidad». Ahora la relación con Tenerife, la isla hermana, es excelente. Incluso entre las dos fundaciones. Con dos décadas de existencia, ahora podemos hacer balance y ver que muchos de los empresarios y trabajadores de la tierra no han tenido que verse obligados a formarse fuera de la isla o del Archipiélago, sino que ya muchos de ellos han salido de la ULL o de la propia Ulpgc. Ese ha sido un paso clave.
—Ahora, dos décadas después, ¿qué radiografía haría de la institución en la actualidad?
—En estos momentos somos la tercera fundación de España en volumen de negocio, un gran mérito para una universidad tan joven como esta. Sólo nos supera la Pompeu Fabra de Barcelona y a fusión existente en Madrid de varias universidades en una sola fundación. Nuestra misión es servir de puente para todo lo que se investiga en este centro se de a conocer en la sociedad y que las necesidades de esta sociedad se investiguen en el seno de la Ulpgc.
—¿Cuáles son las cifras que cuantifican la progresión de la FULP en el último año?
—En 2009 se firmaron 101 nuevos convenios con empresas e instituciones. Al mismo tiempo se gestionaron 1.827 prácticas de estudiantes y se concedieron 260 becas formativas de inserción laboral. Además, durante el pasado ejercicio se gestionaron 23.117.183 euros.
—¿Y en qué parcelas se desglosa esa cuantía?
—Un 53 por ciento de esos guarismos (12,28 millones) corresponden a las acciones suscritas con la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. El 6 por ciento (1,29 millones) corresponde a proyectos gestionados por el Instituto Canario de Ciencias Marinas (ICCM), mientras que el 41 restante corresponde a fondos propios de la FULP en forma de subvenciones, becas de formación y prácticas en empresas, ascendiendo dichas acciones a una cifra considerable: 9.531.320 euros.
—Usted ha comentado en algunos foros que la clave tanto para el ámbito económico de las islas como en las universidades está en aglutinar esfuerzos en I+D+i. Sin embargo, nuestra región está a la cola del país en dichos ratios. ¿Cómo ve el reto?
—Hay que decir, y no es nada nuevo, que las universidades son maquinarias lentas. Y esta fundación, como otras, se gestiona con herramientas y criterios empresariales. Nosotros actuamos como una empresa pura y dura. Es importante recalcar esta dinámica porque es la que nos permite volcarnos en algo que es fundamental para la sociedad canaria, que es la investigación y el desarrollo. En 2009 se puso en marcha desde la Fundación el Programa de Formación de Gestores de la Innovación (procedente de la Agencia Canaria de Investigación, Innovación y Sociedad de la Información) cuya finalidad es formar a más de 7.000 personas en esta parcela en un periodo de 4 años. Además, en el pasado año se formaron 1.559 promotores de la innovación, 1.124 agentes de la innovación, 50 consultores y 10 auditores. También está el Taller de Dinamizadores de la Innovación, que consiste en ofrecer a los recién titulados universitarios una formación teórica como consultores de I+D+i para que se incorporen a empresas y grupos de investigación de las universidades canarias. En la actualidad se presentaron 49 títulos propios de posgrados (con 560 alumnos en curso) y 85 cursos gratuitos financiados por el SCE, sin obviar la gestión del Programa de mecenazgo Innova Canarias 2020 y del programa de Becas-MOT.
—¿En qué líneas ha evolucionado la sociedad grancanaria con la introducción de esta Fundación?
—La Fundación tiene a 28 años. En aquellos tiempos, el que estudiaba iba para cura en el seminario o para maestro. El tejido empresarial ha crecido porque ha tenido la posibilidad de formarse aquí. Ahora se trata de fortalecer las Formaciones Profesionales, porque los padres quieren que sus hijos tengan una titulación universitaria cuando un técnico puede ser tan digno o tan profesional como él. Esa rémora tenemos que corregirla, porque en otros países están mejor valorados. Hay mucha gente en el paro con una altísima formación, pero también hay muchos jóvenes que con el boom del turismo abandonaron los estudios aprovechando esa coyuntura y ahora lo están pagando. Son dos extremos que hay que armonizar y corregir ahora.
—Con la crisis se habló de diversificar la actividad en los distintos sectores, pero ahora las administraciones isleñas insisten en que, para salir lo antes posible, hay que apostar más decididamente en el turismo. ¿En qué quedamos?
—Es un tema complejo de analizar. Nuestro sector industrial es el que es, y nuestra dependencia turística nos debe llevar o a invertir en una oferta de mayor calidad o a pronosticar los futuros cambios que se avecinan. Por ejemplo, estamos hablando de los distintos planes de ajustes de Alemania o Inglaterra, algo que nos puede afectar mucho a corto o medio plazo. Cuando en Europa se estornuda aquí sufrimos pulmonías increíbles. Habría que ir a las nuevas tecnologías y a invertir en I+D+i para salir de la incertidumbre.
—Desde la Fundación, supongo que la situación de los jóvenes canarios y el alto nivel de desempleo juvenil debe ser uno de sus principales caballos de batalla.
—Indudablemente. Es la gran preocupación. En las generaciones precedentes, los jóvenes trabajaban mucho y luchaban para compaginarlo con ciertos estudios. Con el desembarco del fenómeno del turismo se deshumanizó la situación porque muchos jóvenes dejaron de estudiar para trabajar en ese sector que daba excelentes réditos entonces. Se hace muy difícil reciclar a gran parte de ellos con la actual coyuntura económica, pero ese es nuestro deber. Los jóvenes de ahora son más «marquistas» (en referencia al gusto por las marcas) y tal vez más ingenuos e inconformistas. Lo principal, en el caso de los padres, es luchar con el objetivo de que sus hijos se formen continuamente para salir adelante, porque las diferencias sociales se están acentuando en Canarias desde la educación y un pueblo que pierde su cultura termina por desaparecer.

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