Francia
2
España
1
Hay madera, hay estilo, hay piernas y hay, sobre todo, mucho talento. Pero para pasar de Rojita a Roja hace falta además carácter, entereza y madurez. Claro que es difícil pedir todo esto a gente que no llega a los 19 años, pero hay que empezar a exigir cosas porque los de antaño lo consiguieron y estos tienen mimbres para hacerlo.
Lo de ayer fue un aviso. Todo fue de España en una primera parte casi perfecta. Los de Milla fueron un calco de los de Del Bosque y los franceses una copia de los rivales de los grandes: acongojados, temerosos, con un miedo atroz a salir, mermados por el nombre del rival. El paseo y el baño fue tremendo, pero sin sangre. Y hay que hacer sangre cuando se puede, mucha sangre. Hundir el puñal hasta la empuñadura y no mirar atrás.
Pero España miró. Hizo una herida y empezó a regodearse en ella. El gol de Rodrigo, en un fastuoso pase de Pacheco, daba lugar a todo, a la tranquilidad, al toque, al dominio y... al ego, que es el comienzo de la soberbia y el descontrol. Keko fue el primero que se encontró empachado. Buscó el lucimiento en el uno contra uno en cada ocasión que tocó. No se fue ni una vez y propició contragolpes peligrosos. Los demás siguieron la senda peligrosa: demasiado miramiento en el remate, excesiva filigrana, mucho mirar el gol perfecto. Canales entró en la misma senda y Pacheco igual, empeñado en tirar desde Liverpool.
Todo lo bueno que en el medio hacían Oriol o Thiago se desperdiciaba en el ombligo de los delanteros. Mala cosa, peligro continuo porque la distancia era corta y el rival respiraba.
Se comprobó en la segunda mitad. Francia dio un paso adelante, buscando presión y, además, encontró el empate en un mínimo error español. No es que fuera mala cosa, es que fue el principio del desastre total.
En vez de agruparse, de mantener la calma y de volver a tocar, España se convirtió en un amasijo de hierros retorcidos con aristas por todos lados, sin conjunción, cada uno haciendo la guerra por su cuenta, perdiendo la fe en lo que era su juego. El fútbol español se convirtió en un conjunto de chupones a cual peor, intentando el regatito absurdo, el lucimiento personal, olvidando el colectivo.
Ruina total
Milla lo vio, gritó y se dejó la garganta pidiendo soluciones lógicas: «si vienen a la presión cambiar en pases largos». Inútil. Se había perdido el oremus y cada balón era un subirse encima de él para salir en la foto. El maldito ego se apoderó de todos mientras los franceses, unidos en bloque, con la luz en el horizonte del descontrol español, aprovechó la ocasión.
Otro balón perdido pilló descolocado a todo el mundo y Lacazette agarró la ocasión con un cabezazo mortal para dejar la copa en casa. Luego, las manos en el rostro lloroso, la mirada perdida y la ocasión desperdiciada. Eso sí, vendrán otras.







