«Conocéis todo de mí, pues cada cosa que hago se hace pública. Lo bueno y lo malo. Todo. Muchos piensan que tengo una segunda vida, pero yo soy tal y como me véis. Esto es lo que hay». Y éste es el discurso de Paris Hilton (Nueva York, 1981) cuando, ante la intriga de saber qué hay más allá de una celebridad que ha hecho de la juerga perpetua su modo de vida, se le pregunta si lo suyo no es más que un paripé.
Hoy está en Madrid para presentar su equipo de motociclismo SuperMartxé VIP by Paris Hilton, que disputará el próximo Campeonato del Mundo en la categoría de 125 cc; también, para sumarse a una multitudinaria fiesta en el espacio Fabrik. Y puesto que Paris reconoce ser el perejil de todas las salsas del hedonismo («la fiesta siempre es la fiesta, sea julio o diciembre, en Ibiza o en Madrid. Esta noche aquí van a pasar muchas cosas y muy divertidas», cuenta a propósito de la que se avecina en Fabrik), descolocan sus esfuerzos por no resultar banal: «¿Frívola yo? ¡Es que no lo soy!, y eso bien lo saben quienes están conmigo día a día. Si se molestaran en conocerme, me verían de otra manera. Soy joven y tan sólo me gusta pasarlo bien».
Una gran fortuna
Precisamente, nada bueno en su estilo de vida debió encontrar Barron Hilton, su abuelo y el mandamás de su poderosa familia (propietaria de la cadena hotelera), cuando hace tres años decidió excluir de su testamento a su díscola nieta tras una sucesión de escándalos. El que colmó su paciencia fue un vídeo de Paris de alto contenido sexual, que circulaba por internet. Las finanzas de la heredera desheredada, sin embargo, nunca necesitaron una inyección de dinero: la televisión, la moda, la música y la parranda en sus múltiples variedades (de la marcha ibicenca al guateque neoyorquino) han engordado de tal manera su cuenta corriente, que su fortuna, según la revista «Forbes», es una de las más considerables del mundo entre los menores de 30 años.
A propósito de su familia, reconoce que la influencia de su apellido no es para tomársela a broma: «Los Hilton no somos diferentes a los demás, tenemos nuestros problemas y desencuentros, ¿y quién no? Confieso que, a veces, siento la presión del apellido de mi abuelo y reconozco que tengo el deber de llevarlo con dignidad. Ahora sé que la presión es buena para no pasarme de la raya». La última vez que se pasó fue en el mes de agosto, cuando la policía de las Vegas la detuvo por posesión de cocaína. Semanas más tarde, en la vista judicial, Paris se presentó cariacontecida y dispuesta a resignarse con la sentencia; sin embargo, su pretendido recato se le escapó por su mayúsculo escote. No lo puede evitar: lo suyo es el espectáculo total, aunque se la juegue delante de un juez.
Deseos para el futuro
Ahora que el año apura sus últimos días, Paris formula sus aspiraciones para 2011: «Dar salida a todos mis proyectos y que la gente que depende de mí no acabe en la calle». Un deseo nada insustancial: «La verdad es que me afecta escuchar cada día la palabra “crisis”. Sé que es dificil, pero hay que ser positivo y trabajar para que todo salga bien. No hay que resignarse». ¿Y a qué no estaría dispuesta a renunciar en caso de que le vinieran mal dadas? «A alimentarme bien y, por supuesto, a mi tabla de ejercicios. Es mi manera de liberar tensiones». ¡Ay Paris!, con qué poquito te conformas.






