Cómo será el gen del arte de caprichoso que a Dora Martínez le dio su chacha un trozo de jabón mientras hacía la colada y ella, con apenas cinco años, empezó a moldear con las manos la cabeza de un muñeco. Desde aquel día, se aficionó a robar trocitos de jabón a escondidas, hasta que su padre se enteró y le compró una navajita de Albacete. Para que esculpiera con algo más de oficio. Fue ese mismo gen el que la empujó años más tarde a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Madrid, a conquistar algún galardón artístico y a rodearse de la crema intelectual de la época en los años grises del Café Gijón y el Café Castilla.
—Cuando llegué a Madrid a la escuela, un chaval me ayudó a subir a un cajón, porque yo era muy menudita. Mi maestro, Enrique Marín Higuero, había salido a secretaría y cuando volvió, mientras el resto de alumnos aún estaban poniendo el barro, yo ya había hecho una cabeza de Laoconte. Llegó mi maestro, se colocó detrás de mí y dijo: «Anda caramba». Luego me invitó a que fuera a su estudio y allí aprendí el oficio.
Cuando Dora Martínez (Almería, 1921) se inscribió en la Escuela de Bellas Artes de Madrid, entre 1940 y 1945, las mujeres apenas eran seres invisibles que no participaban de la vida pública. En su centro sólo había cinco y en cuanto el profesor empezó a trabajar desnudos, la mayoría de las alumnas se esfumaron. «La primera vez que fui a la asociación de pintores y escultores me encontré a un señor desnudo feísimo, todo peludo, que parecía un mono. Yo dije: “Jesús, estás mejor vestido”. Yo pensaba que todos los hombres eran así de feos. Los dibujos los guardaba para que no me los viera mi madre. Pero un día, me los vio mi tía y dijo: “Qué horror, si la niña lo que tiene que pintar es santicos, santicos”. Había muy pocas mujeres artistas. Pero yo no encontré dificultades por ser mujer. Ninguna».
Mingote y el Café Gijón
Cuando concluyó sus estudios empezó a trabajar rehabilitando obras dañadas por la guerra en un museo cerca del Retiro. Cobraba cinco pesetas la hora. Poco después la contrataron en una fábrica de porcelana con emolumentos algo más sustanciales. Por aquellos años conectó con los círculos artísticos del momento. «Nos reuníamos en el Gijón o en el Castilla. Allí estaban Cela, Chicharro y el pobre Umbral, que cada vez que llegaba los demás salían corriendo. Umbral no tenía dinero e iba siempre a que lo invitaran, con aquella chaqueta cogida con un imperdible. Yo lo mismo cobraba ya 1.000 pesetas (6 euros) por un cacharro de cerámica y el café costaba 50 céntimos. Pero no podía invitarlos a ellos. Estaba muy mal visto en aquellos tiempos. Esta gente no tenía dinero y por dos cafés se pasaban allí todo el día. Cuando salió la Codorniz, muchos se metieron allí. Como Mingote, que es muy amigo mío. En las tertulias se hablaba de todo, menos de política, de la que era mejor no hablar. Un día nos reunimos en la taberna de Antonio Sánchez y apareció un señor de Barcelona, de un periódico que se llamaba “Solidaridad”, y nos hizo cantar el Cara al Sol a todos. Ya no volvimos más».
—El arte le llegó sin avisar.
—Ya le digo. En Almería hay mucho mármol y en mi casa había baldosas en el suelo. En las blancas yo pintaba con un lápiz. No tenía papel ni nada. Cuando descubrí lo de la talla ya no me aburrí nunca.
—¿Qué le inspira?
—Lo que mejor se me da son los retratos de los niños. No se están quietos y hay que hacerlos casi de memoria. Porque a los niños, generalmente, los sacan con cara de políticos a los pobres.
Su antigua vivienda, una sexta planta de la avenida Gran Capitán, se ha convertido en un taller abarrotado de esculturas de barro, lienzos y dibujos a tinta. Predominan absolutamente los bustos. De niños, de toreros, de Antonio Mingote. Con el extraordinario dibujante de ABC le une una amistad de décadas, desde que Dora expuso en una galería cerca de Callao durante diez años consecutivos. Abre una carpeta y nos muestra dibujos suyos y dedicatorias muy atentas del dibujante. A sus casi 90 años, aún trabaja a diario y rezuma una energía más que envidiable. La de una mujer tenaz que ha defendido su espacio propio sin apenas despeinarse. «Mi marido nunca me ayudó en lo de la escultura. Pero no se oponía. En absoluto. Yo he podido hacer lo que he querido. Porque verá usted: de mandar se encargaba mi marido, pero de no obedecer me encargaba yo».
—Ha sido usted una mujer rebelde.
—Rebelde, no. Antes las mujeres eran tontas. Porque eran dependientes. Y si dependes de una persona tienes que fastidiarte.
—¿Y cómo ve a las mujeres hoy?
—Mucho mejor. Todas tienen su carrera y todo.
—¿Cree en la igualdad?
—Si un hombre es tonto y la mujer es lista, la mujer es mejor. Y si una mujer es tonta y el hombre es listo, el hombre es mejor. La igualdad está en la inteligencia. No en el sexo.
—¿Y en la vida doméstica?
—Hoy día es igual. Los hombres hacen las mismas cosas que las mujeres. ¿Por qué no? Mi hija y mi yerno trabajan. Lo lógico es que cuando estén los dos en la casa los dos ayuden.Los que sí me dan mucha pena hoy día son los niños. Los padres se ocupan poco de ellos.
—¿Se ha sentido una mujer libre?
—Lo he sido siempre.
—¿Qué cambiaría de su biografía?
—Nada.
—Ha sido una mujer feliz.
—Ya le digo. Tuve la suerte de tener unas hermanas muy guapas, que se iban a casar con un príncipe. Y yo, como no me iba a casar, porque nadie iba a querer a una microbio como yo, pues me dejaron que estudiara.
La escultora Dora Martínez ha huído de la dependencia económica como de la peste. Y siempre que ha podido, ha buscado recursos propios para no tener que pedir nada a nadie. «De soltera he vivido de la escultura. Nunca me peleé con mi marido porque el dinero no da la felicidad pero no tenerlo la quita. Desde muy pequeña estaba acostumbrada a tener dinero. Tenía una memoria que no era corriente y recitaba poesías en panocho, que es el dialecto murciano, por las que me daban una perra gorda».
Lleva más de 50 años residiendo en Córdoba. Aquí vino destinado su marido, médico de profesión ya fallecido, y aquí echaron raíces hasta hoy. A Dora Martínez le cayó como agua bendita el traslado a la ciudad andaluza. «Mi marido, como era gallego, todo el que se ponía malo en Madrid de Galicia se venía a casa. Y venga visitas y venga meriendas. Aquí en Córdoba conocía a Palomino, que era el director del Meliá Palace».
—¿Con qué se topó cuando llegó a Córdoba?
—Con el Opus Dei. ¿Usted no será del Opus Dei? No me quise meter y me han hecho la puñeta. Aquí todo el mundo que tenía dinero se metió en el Opus porque estaba de moda. Me insistían y les dije: «No me meto en el Opus ni en el Partido Comunista, que no tengo cara de oveja. ¿Está claro?».
—¿Cómo era Córdoba cuando llegó, en los sesenta?
—Una ciudad un poco tonta. Sólo se pensaba en la categoría y en esas cosas.
—¿Qué hemos perdido para siempre?
—No hemos perdido nada. Cada uno es cada uno. Yo estoy feliz con lo de ahora. La política no me importa un rábano. Querían que me metiera en la Falange y luego en el SEU. No quise nunca.
—¿Qué se aprende con la edad?
—A no darle importancia a nada. Porque nada tiene importancia.
—¿Qué es lo esencial?
—Mi familia, mis hijas. Tengo un biznieto precioso. He tenido suerte. He dado con buena gente.