El mismo hombre que elevó al PCE a la cúspide del «Califato Rojo» nos aguarda en una cafetería de Claudio Marcelo para desentrañar las claves de su estrepitosa caída treinta años después. No hay asomo de melancolía por la pérdida del principal bastión comunista que él ayudó a forjar. Sólo un análisis áspero y particularmente severo. En esto, como en casi todas sus reflexiones, podríamos decir que se mueve en las antípodas de lo políticamente correcto. Sus consideraciones resultan incómodas. Para el «stablishment», pero también para los suyos. Anguita no es hombre de circunloquios ni amigo de paños calientes. Eso sí: antes que nada una advertencia. «Voy a contestar subrayando que no tengo aún elementos de juicio suministrados por mi dirección. Y siempre me ha gustado tener una referencia de lo que dice mi partido. Quiero que esto quede claro». Aclarado queda.
—¿Es el fin del «Califato»?
—Si nos referimos al fin de estructuras que vertebran una política nacional, hace tiempo que desapareció. Por tanto, las elecciones han venido a sancionar un hecho que ya había ocurrido en lo cotidiano. ¿En qué sentido? En el sentido de las cargas ideológicas. Cuando uno va a una institución en nombre de una fuerza política, lleva un proyecto político que no es simplemente gestión ni «buenismo». Yo me llevo bien con todos, yo gobierno para todos. Ese «buenismo» es un fraude político. ¿Esto cuándo ha ocurrido? Viene ocurriendo hace tiempo. Lo malo es que lo ha recogido la persona menos indicada, que ha tenido dos años de mandato con una herencia envenenada.
—Ese heredero ha formado parte esencial del proyecto de gestión municipal de IU.
—Evidentemente. Pero todos los que somos de la organización sabemos las relaciones de poder que se han ido dando. ¿Quién ha incidido en las listas, en las imposiciones? Se ha llegado a un final lógico. IU ha perdido los votos allí donde los tuvo. Yo espero que la dirección nos proponga a los militantes un debate serio.
—IU ha perdido la mitad de su electorado histórico. ¿Se está acercando a su base real sociopolítica?
—Establecer un correlato entre base obrera e izquierda es muy pobre. Yo aspiro a movilizar y representar a la mayoría de la sociedad. Decir yo soy el alcalde y gobernante de todos es mentira. Se gobierna contra alguien. Siempre he rechazado que IU tenga que ser el eterno representante de las capas populares, que luego además no nos votan. Eso es aceptar la sociedad como es. Yo aspiro a superar cambiando a la gente. Esto ha supuesto una derrota sin paliativos. Tremenda. Esto ha sido Waterloo histórica derrota de Napoleón frente a los aliados.
—¿Cómo interpreta la debacle?
—Los resultados vienen de largo. Las políticas han sido de gestión, de cordobesismo, de populismo. De connivencia con determinados poderes estatuidos y determinadas imágenes. Ha habido «buenismo», por no llamarle cordobesismo de estand de feria. Que es incompatible con la izquierda. Otra causa es la situación económica. Y creo que ese discurso de «todos contra el PP» es erróneo. Todos contra las políticas conservadoras. Las haga quien las haga. ¿Quién nos ha quitado los votos? El señor Gómez. Negar esto es negar las matemáticas.
—¿Qué reflexión saca de que ese votante histórico del PCE ahora vota a una persona de ese perfil?
—No me extraña. Hace muchos años los votantes comunistas de la periferia de París luego votaron a Le Pen. Esto nos lleva a un análisis que yo he hecho muchas veces y se me rehúye. ¿Somos una especie de tribunos de la plebe en el sentido romano del término? ¿O una fuerza política que tiene que plantear otros valores? Éste es el debate. Si nos dejamos llevar por la cuestión electoral, está claro: tribuna de la plebe. Para conseguir el voto en los comicios. Y eso se paga.
—¿Ha vivido IU de un voto prestado durante 30 años en Córdoba?
—No. Cuando a mí se me ha imputado que me votaba la derecha y la extrema derecha, lo cual es verdad, ése es su problema, no el mío. La capacidad de arrastre está en función de las actitudes y de los proyectos. Porque los dirigentes son un ejemplo. Y eso es muy importante: las referencias en torno a determinados valores. Es decir: yo creo conocer Córdoba y he visto que allí donde he sido más firme, pero cargado de razón, nos han dado más votos. A veces, a la población hay que decirle no.
—¿Se ha ido IU para no volver?
—No lo sé. Eso no lo decide ningún dios. Eso está en manos de la organización. Si tuviese capacidad de elección diría: hemos tenido una derrota, ahora vamos a hacer un debate a fondo.
—¿Qué dice de esta ciudad que tantos votos se hayan ido a Gómez?
—Lo que puede decirse del País Valenciano, de Castellón...
—Este caso es un grado mayor.
—A mí no me extraña. Esto está en la cultura que se viene arrastrando del XIX. Cuando le imputamos al franquismo determinadas cosas, olvidamos que Franco no creó nada. Cogió los materiales del XIX, los reordenó, los recompuso y al monstruo ese le puso el nombre de Movimiento Nacional. Eso de «Vivan las cadenas y muera la nación». ¿No le recuerda a algo? Eso está ahí. España no se libra de su pasado.
—¿IU durante años se ha amoldado aquí a la cultura dominante?
—A nivel de discurso político, de determinadas prácticas, de simbología de actos oficiales, sí. Yo creo que no hay que olvidar en qué sociedad estás: ¿qué símbolos tienes? ¿qué poderes hay? Y tienes un Ayuntamiento en minoría. Pero los gestos son importantes. No puedes vivir de gestos, pero tampoco puedes vivir sin ellos.
—IU no ha tenido gestos.
—No ha habido gestos ante determinadas situaciones. Éramos una fuerza que se llama de izquierdas. El «buenismo» es una maldición. Todo el mundo es bueno para tomarte una cerveza. Pero cuando hay que hablar de intereses económicos, de actos culturales, de posiciones, tú no puedes compartir el discurso de los demás. Hay unos límites que no se pueden traspasar.
—Pero eso no parece explicar la derrota. El «buenismo» se fue del Ayuntamiento hace dos años y Ocaña ha perdido 27.000 votos.
—Yo no quiero quitarle a Ocaña la parte de responsabilidad que pueda tener, pero aquí el «buenismo» ha durado más tiempo. Los procesos de análisis político no son del último cuarto de hora. El compañero Ocaña, que recibió un caramelo envenenado y es un hombre de una gran honestidad, tendrá su parte de culpa. Pero el resto lo tienen otras personas.
—¿Se refiere a Rosa Aguilar o también a la dirección?
—Yo no doy nombres. Me refiero a quienes han ejercido la política municipal hace tiempo y, obviamente, al responsable máximo. Se supone que la dirección es la responsable de corregir, impulsar, advertir o debatir.
—El señor que ha captado parte del electorado de IU en Córdoba ha sido durante años un interlocutor preferente del Ayuntamiento.
—Del Ayuntamiento tengo mis dudas. Pero el Ayuntamiento, o personas de alto nivel, a lo mejor han tenido relaciones personales. ¿Cuánto han incidido en las posiciones oficiales? No lo sé. Pero la relación empezó siendo personal y continuó mucho tiempo siendo personal.
—¿Ha habido un trato de favor a Gómez en el Ayuntamiento?
—Le doy mi palabra que no lo sé.
—Es usted un ciudadano de Córdoba y lee la prensa. ¿No le parece que en el caso de las naves de Colecor hay un trato de favor claro?
—A mí me parece que hay una multa.
—Hay una nave construida que pudo ser precintada y no se hizo.
—Sí, pero también recuerdo que cuando le puse una multa a El Cordobés fue quitada después.
—¿Se puede construir una factoría de 40.000 metros sin licencia?
—En mi época se creó una policía urbanística. Y yo le dije a la concejala: «Aquí está el bolígrafo para firmarte todas las multas». En eso soy intratable: quien la hace la paga. Punto.
—¿Se debieron precintar las naves?
—Si era ilegal, sí. Digo yo.
—Era ilegal.
—Es que no lo sé. Quiero decir algo: yo dejé el Ayuntamiento el 12 de febrero del 86. Usted ha visto que no me meto. Nunca he dicho nada. No he hablado.
—¿Las bases de IU se han sentido identificadas con la gestión de todos estos últimos años?
—Digamos, por lo que yo conozco de mi agrupación de Centro, que estaban muy distantes de la unanimidad.
—¿Se ha hecho una política de derechas en Córdoba?
—Vamos a ver: ¿en qué etapa? Cuando yo hablo de los últimos años hablo del «buenismo», que no es nada. Y como no es nada, no le hace daño a la cultura oficial dominante, con lo cual termina por ser su colaborador.
—¿Ocaña era el candidato?
—Hombre, fue elegido. No por Rosa Aguilar, sino por la dirección. Yo lo voté. ¿Por qué? Porque hay que situarse en aquella perspectiva. Se podía haber buscado a otros compañeros, pero la organización estaba estupefacta, traicionada, vejada, humillada, exánime. No por marcharse, sino por cómo lo hizo. Aquello fue una de las peores villanías que yo he visto en política.
Personas de alto nivel municipal han tenido quizás relaciones personales con Gómez»
Un proyecto político no es simplemente gestión ni “buenismo”. Eso es un fraude político»



