Los Días en la Diócesis culminaron de la mejor forma que podían hacerlo, con amplia participación y solemnidad en una Eucaristía, ayer, día de la Asunción de la Virgen. A las ocho de la mañana, y no con la fresquita, porque hizo mucho calor desde temprano, comenzó la misa de envío de peregrinos a Madrid para participar de los actos centrales de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ).
La Eucarística en El Fontanar, que se prolongó durante hora y cuarenta minutos, fue celebrada por el obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, y concelebrada por unos 120 obispos y sacerdotes cordobeses y de otros lugares del mundo. Por el pasillo central llegó hasta el altar, formado por enseres de la Catedral de Córdoba y presidido por la Cruz del Jubileo del año 2000, la procesión de entrada. La abría una cruz escoltada por ciriales. Tras ella, las banderas de los países participantes y, a continuación, las reliquias de San Juan de Ávila, copatrono de la JMJ, que viajaron después a Madrid escoltadas por la Guardia Civil. La urna con el cuerpo del santo que se venera en Montilla llegaron y salieron del efímero presbiterio portadas por los seminaristas. Después venía la curia diocesana e internacional con el obispo de Córdoba.
La ceremonia, cantada por el coro del Seminario y por el de la Delegación de Juventud, fue seguida por unas cuatro mil personas, la mayoría de las cuales había pasado allí la noche. En su actitud, en sus rostros, había paz y también emoción. En eso coincidían muchos de los presentes, en lo emotivo del acto, en lo piadoso de la misa que fue dicha en latín con partes en español, inglés y francés.
Así fue la homilía de Demetrio Fernández, primero en castellano y luego repetida en los otros idiomas. El obispo tuvo a la Virgen María, cuya Asunción a los Cielos en cuerpo y alma celebraba la Iglesia Católica, como eje de sus palabras y su mensaje. A cada joven dijo «que María llegue hoy a tu corazón y te haga también a ti dichoso porque crees en la Palabra del Señor. Que en los próximos días, en la JMJ, te encuentres con María, te encuentres con Jesús».
Antes, había explicado que «la fiesta de hoy nos habla de la lucha que hemos de sostener a lo largo de nuestra vida. Hemos de luchar y nuestra lucha más importante no es contra los poderes de este mundo, sino contra los espíritus del mal, contra el demonio y sus ángeles. Queridos jóvenes, esta lucha no podemos realizarla nosotros solos con nuestras solas fuerzas. Necesitamos la ayuda del cielo, la ayuda de Dios, la ayuda de María».
«No tengáis miedo»
El obispo recordó también que «Dios quiere llevarnos a la plena victoria, acogiendo y haciendo nuestra la victoria de Cristo Resucitado. El que cree en Jesucristo sabe que su vida está llamada a la victoria final, precedida de muchas victorias parciales, que se van alcanzando progresivamente. No tengáis miedo a esta lucha, aunque a veces os sintáis derrotados o traicionados por vuestra debilidad. La victoria de Cristo es nuestra victoria. Levantad vuestros ojos a María, para contemplar en ella lo que Dios quiere hacer en nosotros. Ella, María, es nuestra esperanza y por eso la invocamos como Madre».
La lectura del Evangelio trató sobre María Santísima, se leyó el pasaje de la visitación a su prima Santa Isabel con eco de una parte de la lectura en diez idiomas. Hubo un silencio sobrecogedor que se repitió durante la Consagración, con los presentes arrodillados en el césped.
Para la comunión, el Obispado dispuso carteles en el pasillo central en los que los sacerdotes esperaban a los fieles mientras los acompañaban voluntarios con paraguas blancos.
Antes de dar la bendición final y desear buen viaje a los peregrinos, que ya tenían todas sus pertenencias recogidas y que asistieron a la misa con las pancartas que llevarán para ver al Santo Padre, el obispo volvió a agradecer la acogida a las familias que han hecho posible esta «experiencia inolvidable». Los jóvenes aplaudieron a las personas que les han dado su casa y su ayuda.



