Fin de campaña, fin de época
«Rematamos una campaña en la que todo venía de cara, pero Egipto como nuevo competidor de naranjas tardías, irrumpió con una producción que ha superado ya a la española»
Analizando otro fin de campaña, otro más, poco puedo repetir de las anteriores. En efecto todas son diferentes, obvio, pero al igual que el mundo es más redondo cada año que pasa, más globalizado, las campañas cada vez son más diferentes entre sí, las casuísticas más variadas en un entorno tan cambiante como imprevisible, tan hostil como traicionero, en el que repitiendo escenarios y con ilógicas de mercado, se dan resultados tan dispares como sorprendentes.
Rematamos una campaña en la que todo venía de cara, producción, calidades, consumo, expectativas de precios, pero lo que ya veíamos asomar al vértigo de nuestros temores hace años, ese Egipto (Argelia, Túnez cogiendo posiciones ya también) como nuevo competidor de naranjas tardías, irrumpió temprano, allá por febrero e inundó Europa, con una producción que ha superado ya a la española, eso sí, a precios con los que no podemos competir dados sus costes de producción inferiores.
Esto ha provocado una ralentización del ritmo de venta final y por tanto de cogida, con las dificultades que ello conlleva para cerrar o cumplir tratos, para mantener la calidad de la fruta y asegurar la producción de la campaña próxima.
Adversidades
Pero aún así no es un año para llorar, sino para sentir orgullo, ya que hemos sido un sector que ha sabido salir adelante en estas dos campañas marcadas por tantas nuevas adversidades que se han sumado a toda una serie de retos que venimos afrontando en la última década.
Termina así una campaña con la misma sensación, pero más intensa que nunca, de que es un fin de época. Cada vez se hace más patente que el agricultor, como tal, como siempre lo hemos entendido, tiene sus días contados, que o se convierte en un empresario agrícola o difícilmente podrá cumplir los cada vez más numerosos y sangrantes requisitos impuestos por: Una PAC cada vez más compleja, más difícil de cumplir; una distribución cada día más rigurosa, más difícil de servir; una administración cada ejercicio más fiscalizadora, más difícil de sobrellevar; una clientela cada vez más exigente, más difícil de satisfacer; unos costes cada día más gravosos, más difíciles de contener; un clima cada año más extremo, más difícil de combatir. Y todo ello, con menos sentido común cada día, más difícil de entender, pues.

Estamos ahora inmersos en la recolección de melocotón y nectarina. Cultivos que se desangran en la Vega del Guadalquivir como antes hicieron el tabaco o el espárrago, desapareciendo campaña tras campaña; y la comparo (en lo que para mí ha sido un suspiro de 40 años ya) con aquellas cuando salía al amanecer los fines de semana con mi padre a la gran aventura de manejar con Nicolás un carro para sacar y cargar la fruta al camión.
Disfrutaba entonces, y más ahora en el recuerdo, con el lenguaje de aquél hombre y las broncas con su acémila. Era bueno y con capacidades diferentes a partes desiguales, me caían encima las charlas, los dichos y refranes, los mosquitos, los cantes de aquella cuadrilla que cuando terminaba el bocadillo se llevaba a casa menos de lo que traía, el papel de aluminio estaba por llegar todavía.
Aparte de los cinco duritos que me ganaba (que se duplicaban con el reproche de mi madre a mi padre cuando volvíamos ya de noche a casa) sin saberlo cargaba con sentimientos, olores y picores en mi memoria una forma de vida de la que puede quedar, si acaso, algún vestigio en algún lugar, pero que yo ya no logro encontrar.
Echando la vista atrás
Ya he dicho en alguna ocasión que soy mucho de mis mayores y hoy empiezo a darme cuenta de que ya voy camino de ser uno de esos mayores, no quizá tanto por mi edad, sino por la conciencia clara de todo lo que se nos va.
Ahora paso por una cuadrilla y sólo oigo móviles sonar, no escucho prácticamente bromas ni alegría, viviendo todos infinitamente mejor de lo que pudo soñar cualquiera de aquellos jornaleros. Es algo general de la sociedad y de todos los sectores, el inconformismo, la queja fundada o no, la frustración, algo que en el campo tardó más en implantarse, seguramente por su arraigo y autenticidad.

Hemos avanzado mucho, afortunadamente, en derechos y reconocimiento. También ya hace mucho tiempo que los tractores fruteros jubilaron a Nicolás, su carro, su mula y su sabia ignorancia, entrando en medio de esas calles angostas con sus mástiles que mecanizan cargas y descargas. Pero también en otras cosas hemos avanzado y no tengo claro que para mejor.
Frente al canasto, con su fiambrera metálica y calentita de antaño, que regresaba a casa vacío de tortillas y filetes empanados, ahora la bolsa de plástico vuelve hinchada de botes de zumo, de latas de conserva y de
bebidas, papeles, plásticos y envases que no tienen fin. Era gente de campo, gente a la que le gustaba el campo o simplemente que no se planteaba vida más allá de este.
Sí, mucho se ha andado desde entonces, hemos concentrado en 40 años lo que en países «más adelantados» llevaban haciendo desde mucho antes, pero me asalta la certeza más que la duda, de que esta prisa necesaria aparte de traernos progreso social, técnico y tecnológico, también nos ha traído olvido y desapego a una forma de vida auténtica que parece ya muy lejana y que a muchos se les aparece ahora como un descubrimiento de algo ancestral que intentan rescatar con más ilusión que acierto.
Mi infancia
Mi infancia me trae mis recuerdos más felices del campo, de lo que nos brindaba y de lo que el hombre le sacaba. Recuerdo toda esa fauna que sin buscar encontrábamos jugando, la misma que nuestros hijos no buscan parapetados en sus juegos electrónicos y que no encuentran porque ya no está.

Recuerdo y valoro esa fruta que tanto sudor costaba de sacar, la misma que nuestros hijos sólo ven en el supermercado como si creciera en sus estanterías. Recuerdo ese algodón cogido a mano y con dolor de riñones, pesado con romanas en el mismo tajo.
Recuerdos todos que me han dado la oportunidad de comprenderlo y mucho más allá de eso, me han brindado el placer de haber conocido a gente de campo, de esos que dices que son más de campo que un terrón, el mismo que sientes al estrecharles la mano y que cada vez que abren la boca te iluminan con la sabiduría que les ha dado el vivir por y para el campo.
En efecto, me siento afortunado por haber vivido todo aquello que me vinculó a la tierra. Así, aunque sienta que con cada campaña que se cierra se asienta un cambio de época inevitable, vivo en la esperanza de poder contar una nueva el año que viene y, sobre todo, que el campo me siga contando sus historias, sin duda nuevas en la incertidumbre o antiguas en el recuerdo, me da igual, pero en cualquier caso siempre vivas.