Desde luego a las miles de almas que ayer se dejaron encandilar por el cantautor en la plaza de toros de Las Ventas, no pareció importarles que a su juglar preferido ya no le dé para mucho fa sostenido. La música de Sabina nunca fue de pulmón, fue de corazón y conciencia, y así la lució anoche en un Madrid que, desde que al de Úbeda le dio por hablar de él, no se cansa de aclamarle. No les importa a sus fieles que Sabina ya les hable más bajo. El susurro del mito es oro. Su silencio, una condena que muchos no podrían soportar.
Apareció el maestro en el coso con su bombín de siempre y le recibieron más de diez mil espectadores ávidos de su arte. Se arrancó dando caña con lo más dulce de su último disco, el tiramisú de limón. Advirtió de que era «el último paseíllo», pero la gente no quiso hacerle caso. Siguió cantando y cantando, ignorando la voluntad de su ídolo. Después Joaquín y su banda se pasearon por el bulevar de los sueños rotos, homenajearon a Chavela Vargas y, aquí hubo clímax, a Madrid, a su Madrid. Y es que Sabina, que como todos los genios, también se hace mayor, recordó que aun siendo un descreído, Madrid para él es un «lugar sagrado».
Después empezó con su repertorio clásico, a preguntarse quién le robó el mes de abril y a demostrar, una vez más, quizá la última, que la melancolía también puede ser apoteósica.







