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Tras la muerte de Franco, la capital iniciaba un movimiento de huelgas generalizado, cuyo punto álgido fue el paro total de los empleados del Metro y el uso de militares para la conducción de los trenes
Día 28/09/2010 - 18.27h
«Las personas que esta mañana iban a tomar el Metro se encontraron con la sorpresa de que en algunas estaciones, aunque abiertas, no había personal; en otras, un policía informaba de que no funcionaba y otras aparecían cerradas con cadenas». Esta escena, que bien podría reflejar el caos de hoy en la capital, se refiere, sin embargo, a la huelga de Metro que alteró la vida de los madrileños en 1976.
Tras la muerte de Franco, la clase obrera madrileña se preparaba para la batalla en una nueva realidad. El 4 de diciembre se reunían en Getafe representantes de los trabajadores de las fábricas más importantes y acordaban comenzar un movimiento huelguístico general que alcanzaría su punto álgido con la huelga de Metro. Una huelga que marcó un antes y un después de las huelgas de los servicios públicos (Renfe, Correos, Telefónica…).
Una paga de 15.000 pesetas
La «salvaje huelga», como la calificó ABC, comenzó el 5 de enero tras una reunión «autorizada» de unos 400 operarios en plaza de Castilla. Pedían concretamente una paga de 15.000 pesetas, junto a la nómina de enero, a cuenta del incremento de tarifas que había llevado a cabo la empresa el agosto de 1975.
En los autobuses no cabía un alfiler y las paradas presentaban colas interminables
Una subida que iba a suponer un gasto a la empresa de 100 millones de pesetas, y por la que parecía que no estaba dispuesta a pasar, a pesar de que el aumento de los ingresos por la subida del precio de los billetes era de 400 millones.
A ello se unían reivindicaciones como que el Impuesto sobre el Rendimiento del Trabajo y la Seguridad Social corriera a cargo de la empresa, y que se redujera la jornada de 44 a 40 horas semanales.
El metro, cerrado; Madrid, colapsado
Tras cinco meses de negociaciones, los empleados de metro decidieron pasar a la acción. El día 6, muchos madrileños se encontraban con la sorpresa del metro cerrado al dirigirse a sus trabajos y, al igual que ocurría hoy, en los autobuses no cabía un alfiler y las paradas presentaban colas interminables.
De los 4.000 trabajadores de la Compañía, tan sólo unos pocos taquilleros y jefes de estación se presentaban en su puesto, por lo que «no hubo servicio alguno».
El Consejo de Ministros se reunía en sesión extraordinaria para estudiar la situación
La empresa temblaba. El día 6 de enero del año anterior, el metro daba servicio a 767.000 personas y recaudaba más de cinco millones de pesetas, por lo que las pérdidas se preveían importantes y podían aumentar, si se tenía en cuenta que en un día de diario de invierno se llegaba por entonces a los dos millones de pasajeros.
El Gobierno declaraba la huelga «ilegal» y el Consejo de Ministros se reunía en sesión extraordinaria para estudiar la situación. El Ministerio de Educación aplazaba el comienzo de las clases de EGB, Bachillerato y Formación Profesional «por los problemas del transporte», mientras los militares, tras una hora de prácticas y acompañados por agentes de la Policía Armada, se ponían a conducir los trenes para tratar de solucionar la situación.
La lucha continúa
Pero los trabajadores seguían su lucha. El día 6 cerca de 2.000 de los 4.000 empleados de Metro se encerraron por dos días en la iglesia de Nuestra Señora de Lujan, en el barrio del Pilar, y dos días después, 3.000 de los empleados se reunían en Asamblea en la iglesia del Dulce Nombre de María, en Vallecas, donde decidían continuar con la huelga y solicitaban al jefe del Alto Estado Mayor, en un telegrama, que el ejército no interviniera.
El día 9 de enero terminaba por fin la huelga, mediante el acuerdo de que no se adoptarían represalias contra los trabajadores y se garantizaría la inmediata iniciación de las negociaciones económicas... bajo la amenaza de una nueva huelga.








