Se trata del escándalo de la temporada: la presentación de la obra de Takashi Murakami en el «sacrosanto» palacio de Versalles, templo laico de las «esencias místicas» del patriotismo nacional francés.
Hace dos años, apenas, el presidente-gestor del gran palacio, concebido a mayor gloria de Luis XIV, comenzó un inconcluso rosario de provocaciones presentando, en el antiguo dormitorio íntimo del «Rey Sol», la obra de Jeff Koons, que había ganado pronta celebridad a través de algunas obras próximas al «porno soft» de su ex esposa, Ilona Staller, más conocida como Cicciolina, estrella del porno italiano, cantante y política (¿?) nacida en Hungría.
La presencia de Koons en Versalles su recibida como una lamentable provocación por los defensores de la tradición versallesca, que incluso crearon una asociación para mejor combatir la «profanación del templo».
Con tal antecedente, la presencia de Murakami en Versalles, a partir del próximo día 14, anuncia una nueva batalla campal. Para Jean-Jacques Aillagon, gestor artístico de la institución, antiguo ministro de Cultura (cargo en el que dejó de realizar una gran retrospectiva de arte español contemporáneo), la presencia de Murakami en Versalles es «perfectamente lógica» con la tradición inaugurada por los grandes maestros celebrados desde Luis XIV, Louis le Vau, Hardouin-Mansar, Charles le Brun y un largo etcétera.
Para los defensores de la tradición, se trata de una «nueva caída en el infierno de la nadería y la profanación». No es un secreto que los gestores del palacio de Versalles han intentado negociar con varios productores de cine, en Hollywood, la utilización del palacio para rodar películas de acción, tipo James Bond.
Y, tras Jeff Koons, en el 2008, Xavier Veihan, en el 2009, Murakami marca una «nueva cota en la decadencia: la conversión del patrimonio nacional en parque temático al servicio de la producción de espectáculos de entretenimiento de masas, turismo de la especie más degradante».






