Tras producir con arrojo espartano a algunos de los directores más «geniales» e «invisibles» del panorama actual, Luis Miñarro ha decidido apostar con no menos arrojo por sí mismo como director: hace unos meses estrenaba su entrañable número de «striptease» familiar («Familystrip») y hoy se presenta como director de una película titulada «Blow Horn» tan fuera de cualquier tipo de tiesto que prácticamente inventa un género: es un documental, pero en realidad es como si renegara de ello, no quisiera serlo.
No cuenta el viaje de un grupo de practicantes budistas hasta un monasterio (impresionante, por cierto) en la India; no cuenta ese viaje interior que ha de suponer el estar tres años de retiro y meditación; tampoco cuenta de un modo evidente el choque, la impresión o la estancia y proyecto de esas personas en el monasterio…
Miñarro se deja embaucar, probablemente de un modo consciente, de lo «otro» para alterar lo que se supone que sería su idea original; y lo «otro» es todo lo que conlleva el espíritu del budismo, y más que narrar pretende crear un ambiente de serenidad desde la imagen fragmentada del viaje hasta la mezcla de sus sonidos o su ausencia de ellos.
No hay mucha palabra, algo de conversación y sí una invitación constante a la meditación, al conocimiento, al encuentro consigo mismo… Total, que más que un documental, una película, «Blow Horn» son unos ejercicios espirituales.






