Real Sociedad
1
Real Madrid
2
El Madrid empieza a parecer esquizofrénico. Incluso dentro del mismo partido muestra caras diversas. Ora bello, ora adormilado y sereno, ora crispado, ora arrebatado y pasional. Incluso dentro del torneo de la regularidad se asoma vacilante: muy discreto en Mallorca, mediocre ante Osasuna, brillante frente al Ajax... Diversos rostros como si Mourinho manejara disfraces varios.
Ante la misma Real hubo dos Madrid. El del primer cuarto de hora, donde se mostró atrevido, dominador, firme y seguro de sí mismo; y el que vino después, de faz fea y arrugada, arrastrado a la cueva trasera por el músculo de la Real, la actividad frenética del medio campo donostiarra y la habilidad de Lasarte para lograr abrir el campo y crear agujeros por medio del excelente Xabi Prieto y el laborioso Griezmann ante la incapacidad táctica de Sergio Ramos y Marcelo, que dejaron unas lagunas negras que sólo el buen hacer de Pepe y Carvalho consiguieron tapar.
El infructuoso dominio del primer tramo dio paso a un territorio abrupto para los blancos. Abrumados por la mayor intensidad de la Real, hubo gente que empezó a desaparecer del campo: los dos alemanes, los primeros. Desconectados entre sí, la medular blanca se rompió en mil pedazos. Territorio abonado para que los individualistas sembraran el caos en el campo y, sobre todo, en las líneas propias. En ese terreno, Cristiano Ronaldo se las pinta solo, para lo bueno y para lo malo. A veces es capaz de ganar un partido en solitario pero en este comienzo de Liga, aún renqueante de su lesión, no da con la tecla adecuada. Va y va y no llega a ningún lado. Su afán por estar en todas partes desbarata la hilazón de la vanguardia. Allá donde Ozil intenta enhebrar, tocar y jugar en asociación, Cristiano llega para romperlo todo. Agarra el balón y corta el circuito. Encara ante el mundo entero y acaba estrellándose una y otra vez.
Gran desgaste
El Madrid fue así perdiendo fuelle y la Real le sopló en el cogote cada vez más fuerte. Incluso cuando dominaba el choque, era su rival el que tenía las mejores ocasiones. Cuando el partido se tornó blanquiazul, las ocasiones ya sólo fueron locales, que no hicieron una escabechina por décimas de segundo, por centímetros o porque los centrales madridistas son muy buenos y porque Xabi Alonso fue el mayor de los bomberos.
El Madrid, hay que decirlo claramente, las pasó moradas en la primera parte, pero todo parecía sospechoso, especialmente esa energía desbordada de la Real, que no podía durar. Al comienzo de la segunda mitad, los de Lasarte dieron dos pasos atrás y el sufrimiento del Madrid cesó casi de repente, sobre todo cuando apareció uno de los suyos con un latigazo de inspiración. Fue Di María y pudo haber sido cualquiera porque con la cantidad de talento que tienen los blancos cualquiera la puede liar. El argentino marcó un golazo, un recorte y con la pierna mala a la otra escuadra.
Parecía el partido volcado para el Madrid cuando un despiste niveló el choque. Apareció el «asesino silencioso» de Tamudo cobrando facturas por servicios prestados y marcó un gol de los suyos, con la rodilla y casi de rebote, pero dentro. Sufría de nuevo el Madrid cuando un rebote en Pepe acabó con sus lágrimas. El disparo de Cristiano dio en su compañero y selló un duelo casi dramático.






