CONCLUYE hoy una semana de jolgorio bolivariano que se inició con faustos de pirotecnia lacrimógena en Ecuador, cuando el presidente Correa fue atacado por una panda de bárbaros policías que estaban encabritados por lo magro de sus salarios. Rápidamente, el presidente, vilmente vejado, respondió con la teoría de la conspiración: había sido víctima de un intento de golpe de Estado, el primero en los anales de la subversión que se hubiera perpetrado con material antidisturbios. Y suspendió la libertad de información. Después, esa entidad ideológica llamada ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) siguió dando de sí con la sutileza que le es propia. Evo Morales le propinó un buen rodillazo en los bemoles a un diputado opositor en el idílico marco de un partido amistoso. Era su razonable respuesta a lo que entendió como dura entrada futbolística. El árbitro del encuentro, comprometido con la imparcialidad, expulsó al agredido. Puede parecer una mera anécdota, pero retrata el alma dulce y comprensiva del presidente de una nación. Y el temor de sus súbditos. Claro que la Historia (la que se escribe con mayúsculas) reserva sus papeles estelares para Hugo Chávez. Ya son las propias declaraciones de los etarras ante los jueces españoles las que ratifican la complicidad del gobierno venezolano con el terrorismo independentista vasco, aunque desde hacía tiempo venía confirmándose este extremo por otros medios. La respuesta del embajador de Venezuela, cómo no, fue poner en duda la legalidad de la actuación policial española. Y la réplica de nuestro gobierno, no otra que la debilidad tan característica del zapaterismo, convencido de que vale más un gorila de discurso izquierdista que la rendición ante la evidencia. Pero los simios siempre se comunican con gestos y alguno se termina convirtiendo en un puñetazo en plenas narices del interlocutor.
Sin embargo, nunca es suficiente para Chávez y también ha iniciado la expropiación de una empresa fundada por canarios que tuvieron que emigrar para poner un plato de comida en su mesa.
Es norma que arremeta contra los empresarios de su propio país, donde ocupan un lugar destacado nuestros paisanos y sus descendientes. Al menos, estos emprendedores y sus empleados han encontrado el raudo respaldo institucional de Canarias. Menos es nada. Hasta ahora, los espectáculos de esta nueva hornada de populistas sudamericanos han promovido nuestro orgullo (por los arrestos del Rey cuando mandó callar al bocazas venezolano) o nuestra hilaridad (al ver las imágenes de Evo propinando el rodillazo), pero sus peligrosas actitudes y amistades no admiten dudas de que van a dejar a sus ya depauperados países convertidos en un erial, quizás anegado de sangre. Así será la apoteosis final de la fiesta bolivariana.






