Castilla y León

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Un paseo por el cielo de los Arribes

La Fundación Patrimonio Natural ofrece vuelos en globo sobre espacios naturales de la región. ABC realiza uno de ellos

Día 01/11/2010 - 10.29h
En estos tiempos de velocidad, de prisas sin destino, cuando la lentitud y la calma se equiparan a la pérdida de tiempo y el aburrimiento, en esta época en la que todo debe ser excitante y trepidante o al menos fluido, experiencias como volar en globo no deja de ser una excepción, que como tal otorga a esta actividad un rasgo distintivo más que apreciable. Además, la oportunidad de sobrevolar durante una hora aproximadamente la sierras de Guadarrama o Francia, la montaña palentina, los Arribes del Duero, Sanabria, las lagunas de la Nava o el Sabinar de Calatañazor se convierte en algo realmente único.
Desde 2006, la Fundación de Patrimonio Natural de Castilla y León, dependiente de la Consejería de Medio Ambiente, programa los vuelos «A vista de pájaro», que entre febrero y noviembre ofrece varios trayectos en globo. Desde entonces, más de 1.500 personas ha participado en esta iniciativa, apoyada por la empresa Flying Circus.
ABC participó recientemente en un vuelo sobre los Arribes del Duero en la provincia de Zamora. La reserva se hace vía telefónica o por internet en la página web de la Fundación de Patrimonio Natural. Los responsables de Flying Circus citan a los viajeros un par de días antes en la zona del despegue pues depende de las condiciones climatológicas, de la velocidad y dirección del viento, el punto exacto desde donde elevarse al cielo.
Cuando el sol aún no apunta en el horizonte, los diez viajeros van llegando al lugar de la cita, donde el piloto y el acompañante terrestre comienzan a desplegar la enorme tela que una vez calentada por los quemadores de propano elevará al cielo la cesta. Para hinchar el globo, los pasajeros ayudan a extender la tela, mientras un gran ventilador abre sus entrañas. De inmediato, las llamaradas alternas de tres quemadores van calentando el interior del globo hasta que su temperatura es mayor que la ambiental, y ya con los pasajeros comienza a flotar. El despegue del vuelo de los Arribes del Duero coincidió con la aparición del sol, para luego, casi en paralelo, ir elevándose ambas esferas sobre el horizonte. La primera impresión es la no impresión: El silencio, interrumpido muy esporádicamente por el fulgor sonoro del propano en llamas, es absoluto. Esa sensación de calma se acentúa más aún cuando se pierde la percepción de desplazamiento. Sin embargo, nos desplazamos a una velocidad de casi 15 kilómetros por hora. Por encima de esa velocidad, no se podría despegar y mucho menos aterrizar.
Bajo la cesta, las casas, caminos y calles de la localidad de Moralina, van encogiendo y alejándose de la vertical. De inmediato, la enorme pantalla que se halla bajo nuestros pies se puebla de campos de encinas, de minúsculas parcelas, de rebaños de ovejas ajenas a lo que las sobrevuela sino fuese por los ladridos de los perros.
A pesar de que el piloto del globo no puede elegir a una dirección determinada, por fortuna ese día el viento sopla en dirección este, por lo que a los pocos minutos sobrevolamos los Arribes a la altura de la presa de Villalcampo. A esa altura la impresión del tajo hecho por el Duero es aún más viva.
Es hora de aterrizar. Antes hay que superar el presa de Ricobayo. Tras ella, las líneas de alta tensión hacen del amplio campo de aterrizaje una maniobra de precisión. La experiencia del piloto logra encontrar un hueco. El silencio envuelve a todos en medio del campo labrado.
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