De la «gran victoria» anunciada por un Obama pletórico en las elecciones presidenciales del 4 de noviembre de 2008, hace hoy justo dos años, los demócratas han pasado a la «paliza» confesada ayer por su presidente. Las esperanzas puestas en él se han ido desvaneciendo en sólo dos años entre promesas incumplidas, tres billones de dólares más de deuda nacional, más de siete millones de empleos perdidos desde 2007 y el estigma de una crisis financiera que no parece remontar el vuelo a pesar de la intervención del Estado.
«En los últimos meses he viajado por el país, escuché mucho y la gente está frustrada. Quieren trabajo, sueldos y más oportunidades para sus hijos», reconoció ayer Obama, admitiendo que «esta paliza» le deja claro «lo importante que es para un presidente salir de la burbuja de la Casa Blanca».
El desgaste desde 2008
«Vamos a tener que trabajar mucho mejor», reconoció Obama
«Hemos enfrentado problemas difíciles en los últimos dos años» y «vamos a tener que trabajar mucho mejor» fueron algunas de las frases que esgrimió ayer. Sin embargo, el desgaste del poder y el deterioro de su imagen, que tantos beneficios le procuró y sobre la que corrieron ríos de tinta (el afro-americano hasta hace poco desconocido fuera de Chicago, sin conexiones ni grandes fortunas, de padre keniata y apellido musulmán, cuya infancia transcurrió en Indonesia), no se ha confirmado únicamente tras el varapalo del 2-N. Era ya un hecho en el primer aniversario de su legislatura, cuando ya había sufrido varias frustraciones y un cada vez menor índice de popularidad.
El presidente despertaba del sueño y se enfrentaba a una realidad mucho más complicada e incómoda, admitiendo que había fracasado a la hora de prolongar todos los propósitos de unidad y cambio que le acompañaron cuando tomó posesión de su cargo. Sin embargo, cuando la revista «People» le preguntó qué nota le pondría a sus primeros 12 meses de mandato, su respuesta fue un notable alto.
Obama, ¿un notable alto?
Las notas recabadas, sin embargo, en las encuestas realizadas para la ocasión –que daban al presidente un respaldo popular por debajo del 50% y elogiaban más sus cualidades personales que políticas–, no eran por el contrario tan optimistas. Obama recibía un toque de atención que ha sido confirmado en la encuesta realizada antes de ayer por el grupo Pew Research, en la que un 73% de los votantes no aprobaba la gestión del Congreso federal.
El 56% de los votantes cree que «el Gobierno está haciendo demasiadas cosas que debían hacer las empresas»
Además, según la encuesta de Pew Research, un 56% de los votantes estuvo de acuerdo con la idea de que «el Gobierno está haciendo demasiadas cosas que es mejor dejar de hacer a empresas e individuos», mientras hace dos años la mayoría pensaba que «el Gobierno debe hacer más para solucionar los problemas».
De la misma forma que Obama consiguió aprovechar en las elecciones de 2008 las ansiedades y frustraciones acumuladas durante los ocho años de Bush, los republicanos han sabido capitalizar ahora el evidente descontento del electorado con un presidente Obama, que tendrá grandes dificultades para cumplir sus promesas electorales: reforma sanitaria, nueva política energética, reformas en la inmigración, el comercio o la educación, Guantánamo…
Dos años han pasado. Desde el «yes, we can» de entonces al «sin el apoyo de los republicanos habrá muchas cosas que no podamos hacer». Puede que lo que parecía un sueño tras las elecciones presidenciales se haya convertido en sólo eso: un sueño.






