La cuestión de los idiomas nacionales y su supervivencia se ha vuelto cada vez más emocionante desde que el proyecto neoliberal de globalización multicultural, que beneficia únicamente a la lingua franca angloamericana, gana terreno. Al leer a los publicistas ingleses y estadounidenses es cuando somos más conscientes de la sentencia de muerte que el neoliberalismo ha dictado para los idiomas y las identidades nacionales europeas, mientras que en Europa seguimos peleándonos como si todavía estuviéramos redactando el Tratado de Versalles.
En 2005, un famoso periodista de The New York Times, Thomas Friedman, dio un título apropiado a su último libro: The Flattening of the World [El aplastamiento del mundo]. No lo hizo para lamentar la desaparición de los relieves, sino para congratularse de la explanación a la que se dedican las nuevas tecnologías, que desmantelan todo lo que sobresale o hace de barrera, «engrasando» las fricciones sociales y facilitando «las interconexiones globales». Este año, un periodista de The Observer,
Robert McCrum
, retoma el mismo tema utópico con el mismo fervor profético, pero desde un ángulo más amplio, en un libro titulado Globish: How the English Language Became the World’s Language [Globalés: Cómo se convirtió el inglés en el idioma del mundo] (Penguin).
McCrum es inglés. Es uno de los tres autores de una Historia del inglés bien documentada y bien ejecutada, un best seller. También fue el cronista conmovedor de su victoria sobre el cáncer en My year off, a memoir [Mi año de vacaciones, unas memorias]. No es una autoridad lingüística.
McCrum se enorgullece de la supremacía estadounidense
Un Grial común
Es evidente que este argumento de novela de ciencia-ficción con final feliz fue concebido por un inglés para cicatrizar la herida que la ablación del Imperio dejó en sus compatriotas. McCrum aplica a esta Inglaterra secretamente dolorida (y a él mismo) el bálsamo de una Razón histórica que hace que los Estados Unidos de la
Manifest Destiny
terminen lo que había empezado en gran medida la Inglaterra de la Rule Britannia. Invita al público inglés a enorgullecerse de la supremacía estadounidense, ya que da la puntilla y convierte en definitiva la epifanía universal del Grial común de los dos países, el verbo de la Biblia de King, de Shakespeare y de Lincoln. Anima a sus lectores ingleses a congratularse de que Estados Unidos, plebeyo y utilitarista, haya desarrollado y hecho valer todos los rasgos ya presentes, en estado embrionario, en el dialecto celta y sajón originario: «Contagioso, adaptable, populista y subversivo». Repetida en cada capítulo, esta fórmula eterna del ADN inglés es el hilo conductor de su andadura intrépida y triunfal
de siglo en siglo, en contraposición, sugerida una y otra vez, con el declive no menos programado del francés, cuyo ADN es evidentemente altivo, aristocrático y conservador.
Los panegíricos del «genio de la lengua francesa», Bouhours en el siglo XVII, Rivarol en XVIII, e incluso las palabras en ese sentido de Pompidou, citado entre risas por McCrum, parecen moderados e incluso modestos en comparación con el entusiasmo glorificador de este autor inglés. Ni Herder, el apóstol romántico del verbo alemán, fue tan lejos.
Nuestro hegeliano de serie de televisión cita en varias ocasiones a su «amigo» el francés Jean-Paul Nerrière, y lo hace justificadamente, ya que es un hombre de negocios cosmopolita y culto que fue el primero en llamar, en 1995, «globalés» al inglés somero que sirve en todas partes de
lingua franca en las negociaciones y en las comunicaciones de negocios entre gente con idiomas diferentes. Nerrière ha publicado incluso una especie de método Assimil de este habla utilitaria, reducida a 1.500 palabras y a una sintaxis elemental. ¿Ha leído McCrum este sobrio manual? Lo dudamos.
Treinta mil vocablos
Nerrière precisó en varias ocasiones, con sentido común y nitidez, que el útil «globalés» no está hecho para tratar de metafísica (ni de filosofía de la Historia) ni de sentimientos sutiles, sino para hablar eficazmente de negocios. Lejos de creer que hablar «globalés» signifique el fin de las lenguas maternas, vehículos usados de una memoria histórica y de una cultura moral y literaria, opina que estas son insustituibles fuera de las situaciones de negocios, que si bien son frecuentes, no lo son todo en la vida. Así arrimó el ascua a la sardina de los amantes de nuestro idioma y anunció las inquietudes que surgen cada vez con más frecuencia más allá del Canal de La Mancha. ¿No será el idioma del
Oxford English Dictionary
y sus 30.000 vocablos el más directamente expuesto a ser «jibarizado» en «globalés»? ¿La victoria hegeliana del inglés según McCrum no sería a lo Pirro (lo siento, «no globalés»), con todos los indicios de una derrota inminente?
Los europeos no tenemos motivo para avanzar en esa dirección
En nuestro pequeño promontorio de Asia (Valéry
dixit
, pero no en «globalés»), nosotros los franceses, nosotros los europeos, no tenemos ningún motivo para avanzar en esa dirección. Solo vemos ventajas en saber «globalés» y, preferentemente, el mejor inglés. Pero solo vemos inconvenientes en fomentar que nuestros idiomas se conviertan en otros tantos «euroingleses». Las diversas instituciones normativas de las que se ha dotado el francés, en Francia y en Quebec, lejos de ejercer una opresión o de servir al elitismo, contribuyen a salvaguardar y aumentar el alcance enciclopédico de ese idioma. Jamás pierden de vista, apoyadas por el amor de los francófonos, escritores o no, por su idioma común, su vocación antigua, más preciosa y rara que nunca en el mercado global, de idioma de conversación, civil y hospitalaria, entre hombres que no son empresarios ni especialistas.
Desearíamos que las demás lenguas europeas, sin excluir al inglés de Oxford y de la BBC de antaño, abracen esta exigencia y compartan la preocupación por la civilización a la
europea que conlleva.






