Superado con holgura el medio siglo de vida, Francisco de Goya se convirtió en un artista incómodo e iconoclasta, decidido a romper con la hipocresía de su tiempo y el canon artístico. De esa rebeldía en la madurez están pergeñados los grabados que realizó hasta prácticamente su muerte, de los que tres series se pueden contemplar desde ayer en la sala de la Pasión de Valladolid, que reúne de modo excepcional «Los desastres de la guerra», «Los caprichos» y «La tauromaquia», con un total de 200 grabados.
Con estas series, especialmente las dos primeras, Goya retrató la sociedad del siglo XVIII, abundando en lo que consideraba un lastre para el progreso del país para un intelectual como él que siempre anhelo la libertad en una nación regida por una monarquía absolutista. Lejos de acomodarse en su cercanía al poder, el pintor de Fuendetodos se expuso con «Los caprichos» a la censura y la Inquisición por su no disimulada crítica al clero y la nobleza al subjuzgar al pueblo, a pesar de lo cual, como señaló ayer Hans Meinke, artífice de la muestra y de Colección de Arte, sigue manteniendo su mensaje dos siglos después puesw de algún modo «continúa reflejándonos a nosotros ahora», indicó Meinke.
En esta misma línea se manifestó la comisaria de la exposición, Marisa Oropesa, que a propósito de «Los desastres de la guerra» calificó a Goya como «el primer reportero de guerra» al plasmar los horrores y bestialidad del ser humano en los conflictos humanos. No en vano la muestra se titula «Goya: La genialidad de un cronista».
Con tiempo y dedicación
Hans Meinke subrayó la intensidad de la muestra, que obligará a los visitantes a contemplar los dos centenares de obras con la atención que merece la emoción y profundidad del mensaje que Goya plasmó en estos grabados, cuya técnica equiparó Meinke a las de Durero y Rembrandt.







