Vaya por delante que quien firma esto no cree en The Rolling Stones. Es decir: no considera revolucionaria su obra, jamás los pondría a la par de The Beatles (reserva ese sitial de privilegio para The Kinks), le cuesta soportar las morisquetas en vivo y en directo de Mick Jagger, y no considera su permanencia un mérito sino una forma casi insoportable y muy pero que muy redituable de empecinamiento y fe en sí mismos.
Sexo, drogas y rock. Todos esos lugares comunes fueron inventados por el guitarrista de los Rolling
De ahí que otro de los grandes logros de Vida (y de Fox) sea el de haber conseguido preservar en la página el fraseo y el gruñido de Richards, que recuerda al de una especie de Bogart noir consciente de ser su propio Halcón Maltés y que hubiera convertido Rick’s en un antro mucho más movido de lo que ya lo era en Casablanca
. También se disfruta aquí de su método sinuoso para saltar de un tema a otro como si se deslizara por el nutrido repertorio de su pasado, donde en más de un momento se tiene la impresión de estar remontando un aluvión de lugares comunes del género y del negocio.
Domador de leones
Sexo, drogas y rock and roll y todo eso, sí. Aunque enseguida comprendemos que todos esos lugares comunes fueron –en principio y finalmente– inventados por el propio Richards, quien, si imita a alguien, es a sí mismo sabiéndose inimitable pero tantas veces mal imitado. Y así su alargada sombra de domador de leones a la vez que payaso del rock and roll circus se proyecta desde la punta de sus botas, pasa por This Is Spinal Tap, sigue la actitud y gestualidad de Slash
o del dúo Pereza
, crece como respetuosa caricatura en el rostro dibujado de Murdoc Niccals
en la cartoon-band
Gorillaz
, y alcanza a ese chico anónimo con sueños de gloria que hoy mismo, por primera vez, pellizca el riff de Start Me Up en el garaje de su casa.
«Vida» resulta muy atractivo aún incluso para quien no comulga con el mito de la banda
Y, como piedras que ruedan, allá vamos: la infancia de posguerra; su relación de odio/amor conBrian Jones
y de amor/odio con Jagger (Richards apunta con certera acidez que su socio jamás imaginó que dejaría las drogas y que el «levantarme de entre los muertos tras haber sido leído mi testamento» supuso una complicación para los planes empresariales que el cantante tenía para The Rolling Stones); su cariño sin límites por el batería Charlie Watts
y el teclista Ian Stewart; su turbulento romance con Anita Pallenberg y la muerte del hijo que tuvieron juntos; sus correrías artísticas con Gram Parsons
; la admirada rivalidad con The Beatles
; los pormenores de la legendaria grabación del legendario Exile on Main St. y alguna que otra intuición musical más bien básica y derivativa (admitiendo, más allá del invento de su afinación personal de cinco cuerdas, que si hay algo derivativo y básico, ese algo es la música de The Rolling Stones); sus múltiples adicciones (su consejo es solo meterse sustancias controladas de la mejor calidad) y sus problemas con las autoridades de todo tipo y nacionalidad.
Sonrisa torcida
En este sentido –advertencia a padres y tutores–, Vida es un libro tan peligroso para los pichones de rocker
como La universidad desconocida, de Roberto Bolaño
, lo es para los cachorros de poeta. He aquí un virtual manual de instrucciones para ser un perfecto maldito y no morir en el intento cuya lectura confundirá a espíritus ingenuos con el espejismo y el error de que se puede llevar la vida de Richards y vivir para contarla y cantarla. De ahí que no esté de más señalar la excepcionalidad de Richards –su mala salud de hierro, su cuerpo de juguete irrompible y la sonrisa torcida con cigarrillo colgante del viejo gato que siempre cae parado– como excepción; e insistir con un: «Niños, no intentéis hacer esto en vuestras casas».
Cuando Richards se enciende se hace difícil apagarlo, pues disfruta de una gran memoria
La historia dirá –ya lo dice– que The Beatles lo inventaron todo y que, sin quedarles nada por crear, inventaron el separarse. Lo único que inventaron The Rolling Stones es no separarse hasta que la muerte los separe.
Mientras tanto y hasta entonces, aquí va esta Vida: inesperado y sorpresivamente satisfactorio best seller alabado por la crítica internacional y firmado por quien –de tanto tocar aquello de «No puedo alcanzar la satisfacción»– parece haber acabado siendo uno de los hombres más satisfechos que jamás actuaron sobre la faz de ese escenario que es el mundo.






