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Blake Edwards ocupa un lugar privilegiado en el Olimpo de Hollywood gracias a una trinidad tan santísima como la formada por «Desayuno con diamantes», «Días de vino y rosas» y «El guateque»
Día 16/12/2010 - 19.31h
Blake Edwards ha fallecido a los 88 años en Los Ángeles y sería injusto quedarse con los coletazos finales, y quizá más mediáticos, de una carrera tan extensa y variopinta como suya. Porque sí, el de Tulsa dio la alternativa en Hollywood S.A. a Roberto Benigni en «El hijo de la pantera rosa», destapó a su inseparable Julie Andrews en «Sois honrados bandidos» y dejó a medio planeta con la boca abierta y convencidísimos de que Bo Derek era «10, la mujer perfecta».
Pero, por encima de todo, incluso de sus innumerables charlotadas a la mayor gloria del inspector Clouseau, Blake Edwards ya ocupaba un lugar de privilegio en el olimpo de Hollywood desde los años sesenta gracias a una trinidad tan santísima como la formada por «Desayuno con diamantes», «Días de vino y rosas» y «El guateque».
O, lo que es lo mismo, el romance agridulce, el drama amargo y la comedia efervescente en estado puro y destilado con un grado de sofisticación y perfección pocas veces alcanzado por cualquiera de sus colegas con mayor reputación y «pedigrí». Porque, pásmense, a pesar de este tridente y de otras joyas o joyitas como «Chantaje contra una mujer», «La carrera del siglo», «¿Qué hiciste en la guerra, papi?» o incluso «Cita a ciegas», Edwards solo fue una vez nominado al Oscar (y no como director sino como guionista) por «¿Víctor o Victoria?», recibiendo una estatuilla honorífica en 2004 (eso sí, ganó un Razzie al peor director en 1989 por «Asesinato en Beverly Hills»). ¿Le preocuparía semejante humillación?
Un ejemplo anecdótico: hace nueve años pude entrevistar a Julie Andrews, su alma gemela desde 1969 y, al preguntarle por su ilustre marido, por su estado de ánimo y por si se sentía suficientemente reconocido en el Hollywood actual, simplemente contestó: «Él está tranquilo. Feliz y tranquilo». Una buena definición para alguien capaz, a su vez, de hacernos felices con un elefante pintarrajeado, un gato empapado y una botella medio llena. Siempre medio llena.







