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Danza, danza, bendito

Los lectores de ABC podrán adquirir el domingo 2, por un euro más, «Billy Elliot»

Día 28/12/2010 - 06.15h
ABC
Jamie Bell y Julie Walters, en una escena de «Billy Elliot»
Desde que los Monty Python homenajearon a «Oliver!» en su descacharrante inserto musical «Every sperm is sacred» incluido en «El sentido de la vida», el cine inglés no había vuelto a combinar miseria proletaria con cante y baile de forma tan brillante como en «Billy Elliot». Bueno, con la excepción de «Full Monty», que unos años antes (1997) demostró lo que gana en nutrientes un consistente pudin «kenloachiano» al uso con el añadido de unos cuantos sabrosos piñones de humor y humanidad. Está claro que Stephen Daldry dio en la diana con la receta, ya que su ópera prima combina el drama de superación personal golpe a golpe y taconazo a taconazo de «Flashdance» (aunque también de «Rocky», por qué no) con la complicidad obrera de gama pobre pero honrada del Frears de «Café irlandés» o «La camioneta». Si a esto le unimos el descubrimiento de un talento emergente como Jamie Bell (que dará la campanada este año con «Tintín») y de un puñado de «característicos» con genuino aroma «british» como Gary Lewis o Julie Walters, el fenómeno socio-cinematográfico estaba servido.
En realidad, «Billy Elliot» surge del feliz entendimiento entre Daldry, reputado director artístico tanto en la acera londinense como en la de Broadway, y la productora inglesa Working Title, que por aquel entonces demostraba un fino olfato taquillero jugando en casa gracias a cintas como «Notting Hill», «Alta fidelidad» o «El diario de Bridget Jones». Sin embargo, la historia del pequeño Billy, que prefería ponerse las zapatillas de ballet antes que los guantes de boxeo para desesperación de su rudo padre, fue la niña de sus ojos desde el primer momento: nada menos que el cuento del patito feo convertido en cisne entre los piquetes mineros de la Inglaterra thatcherista, trasladado a la gran pantalla sin sentimentalismo barato ni soflamas adoquineras gracias al buen toque de Daldry, un cineasta al que se le adivina más moral que el Alcoyano (debe de ser el único triplemente nominado al Oscar y a los BAFTA al mejor director por cada una de sus tres películas, «El lector», «Las horas» y «Billy Elliot», que no se ha llevado el gato al agua en ninguna ocasión, como tampoco con las dos candidaturas a los Globos de Oro por «El lector» y «Las horas»).
Pero, como se suele decir en estos casos, el mejor premio para él y para su fulgurante debut llegó con el clamoroso apoyo del público, que multiplicó en taquilla por diez sus escasos tres millones de euros de presupuesto y que, como ocurrió con el caso de «Karate Kid» y las escuelas de artes marciales, provocó el desbordamiento de solicitudes para ingresar en las academias de danza. Lástima que las de los gimnasios pugilísticos perdieran por K.O. técnico.
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