A vueltas con el debate, cuestionando todavía el personal si el Balón de Oro sirve para encumbrar al mejor del año o al mejor del mundo, valorando los votos de los países que poca gente sabe colocar en el mapa y que tiran de resúmenes para emitir sus juicios de valor, tomó la palabra Leo Messi y ofreció su versión sobre el asunto dejando prácticamente resuelta la eliminatoria.
Otea el Barcelona las semifinales de esta Copa del Rey, que gana en emoción a medida que se avanzan metros, y puede ir tranquilo al Villamarín después de golear al Betis, orgulloso y salado hasta que reventó, injustamente castigado con un resultado que esconde sus numerosas apariciones por el área local. Pocos han disparado tanto en el Camp Nou, que sin embargo no perdona una ya que cuenta con un tesoro llamado Messi.
Desde aquí, y aunque suene extraño por lo abultado del marcador, un «olé» generoso y merecido para el Betis, dignísimo oponente que dio guerra mientras le duró la gasolina y la ilusión, tanta como para desquiciarle por momentos en un primer tiempo de sosería azulgrana. Cierto que tuvo un puñado ocasiones el Barça, empeñado siempre Villa en ajustar tanto que se encontró unas veces con el palo y otras con Casto, pero también asomó el Betis y eso que no medía el valor de un equipo de rebajas.
Abochornado con tanto elogio, exprimida al máximo la fiesta del Balón de Oro que Messi ofreció a su gente antes de empezar a correr, Pep Guardiola entendió que no era una noche menor y salió prácticamente con todo, reconocible el equipo titular al completo salvo en la portería, que este torneo es para Pinto, y en el lateral izquierdo, bien cubierto por Maxwell. Nada de secundarios para esta ida de los cuartos, ni siquiera Bojan, artista invitado en la Copa que ayer, misteriosamente y sin previa explicación, ni se vistió.
El Barcelona, sin intensidad en los primeros 45 minutos, inmóvil en la zona de peligro, espeso en sus movimientos y endeble en la presión, chocó de frente con un Betis aplicado hasta el extremo, valiente en su planteamiento con una defensa asfixiante y solidaria. Iriney se encargó de anular a Xavi y los andaluces, ansiosos por regresar al asiento que ocupaba no hace tanto entre los grandes, salían bien con la pelota y dieron trabajo a Pinto, también ayudado por el larguero después de un zapatazo de Rubén Castro.
Fue al filo del descanso, justo después de que el Barcelona apurara al máximo el único error de los visitantes en todo el primer tiempo. Se escurrió Salva Sevilla para desgracia verdiblanca y en la contra se asociaron Iniesta y Messi, considerados los dos mejores jugadores del año 2010 sin que las tertulias aclaren quién merecía ser el primero.
El caso es que semejante mezcla suele acabar siempre de la misma manera y anoche no fue una excepción. Golazo del argentino, tan dorado como la asistencia del manchego, y en su festejo sólo se desprende admiración mutua en una imagen que chocó frontalmente con el enfado público entre Alves y Piqué, impropio en el perfecto equipo de Guardiola.
Cuesta abajo, el Barcelona hizo de la gotera andaluza un boquete y abusó del Betis con dos tantos más de Messi, otro de Pedrito y el último de Keita con un maravilloso pase de Iniesta. El «10» tuvo el premio de la ovación, puesta en pie la parroquia para brindar por su talento. Nadie juega como él, nadie es mejor que Messi.







