Cataluña

Cataluña / punto de fuga

Perded toda esperanza

Para desolación de los airados desacatadores de todos los partidos, dentro de cien años el castellano seguirá siendo la lengua mayoritaria del pueblo catalán

Día 17/01/2011 - 10.00h
Si dependiese de la lucidez estratégica de las elites españolas, a estas horas Cataluña constituiría otro protectorado francés más, al modo de Gabón, Camerún o el llamado Principado de Mónaco. Pero, por ventura, el asunto no solo está en sus manos. Y es que los refractarios a la francofonía contamos con un aliado doméstico de valor en verdad inestimable, superlativo: la miopía crónica de los catalanistas. Al punto de que sin ella estaríamos perdidos. Así las cosas, consumada de facto la secesión sentimental, España apenas representa un incómodo corsé de iure, predican los herederos del pujolismo, del que cabrá desprenderse en cuanto la circunstancia lo propicie. Un afán para el que lo que un marxista llamaría la confluencia de las condiciones objetivas y subjetivas rema a su favor. Aunque solo fuese porque, a estas alturas del fin de la Historia, ya no queda nadie dispuesto a liarse a tiros contra el tribalismo de Herder, ni a levantar trinchera alguna en defensa del universalismo ilustrado de Voltaire. Razón primera y última de que la independencia no suponga hoy el insensato delirio propio de cuatro tronados que fuera en tiempos.
Y de ahí, sin embargo, la gran, suprema paradoja. A saber, ante escenario tan inopinadamente óptimo (a sus ojos), los únicos decididos a hacer algo eficaz con tal de impedir la definitiva fractura de la soberanía nacional resultan ser los mismos catalanistas. Y lo mejor es que obran en consecuencia. Repárese si no en esa pertinaz obstinación suya, la de mantener como sea el principal cortafuegos que frena la efectiva adhesión del censo de raíz foránea a la grey cismática. Huelga decir que me refiero a la dichosa inmersión lingüística preceptiva, el mayor fracaso corporativo de nuestros nanonacionalistas vernáculos. A fin de cuentas, tan verdad es que toda la población castellanoparlante por debajo de la cuarentena conoce ahora el catalán, como cierta su imperturbable fidelidad a los sonidos maternos en la vida civil. Para desolación de nacional-sociolingüistas y demás místicos del verbo patrio, he ahí, clamorosa, la definitiva impotencia de la escuela en la cruzada por mutar el idioma de sus clientes.
Con inmersión o sin inmersión. Acatando las sentencias del Tribunal Supremo o pisoteando los fundamentos del Estado de derecho. Tan simple como eso. Fracasó estrepitosamente en su empeño primero por imponer la sustitución lingüística, expulsando al catalán de sus aulas. E igual volvió a fracasar estrepitosamente, al excluir luego a la genuina lengua popular de la Cataluña contemporánea. Al respecto, seguir fantaseando con que algún día se desvanecerá su uso en la plaza, es habitar fuera del mundo. Un puro desvarío voluntarista. Su presencia no supone una incursión transitoria, como las de tantos virus oportunistas llamados a la extinción tras ser combatidos con la terapia de choque adecuada. El castellano, muy al contrario, está aquí para siempre. Como en el Infierno de Dante, pues, perded toda esperanza.
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