Llevo dándole vueltas a la conducta del portavoz socialista en las Cortes, Ángel Luna, desde el viernes, en que el Tribunal Superior de Justicia dijo que existían indicios de delito de cohecho en su conducta, pero que tales indicios no pueden seguir investigándose por la prescripción del delito.
Y lo que más me sorprende de la actitud de Ángel Luna —y de Jorge Alarte, y de todo el PSOE— es que ¡se jacta de la prescripción!
Yo comprendo que Ángel Luna se alegre por haberse evitado el trago de ser investigado y, en último extremo, de sentarse en un banquillo. Pero que considere que el auto es un aval a la irreprochabilidad de su conducta es un desatino.
El auto es claro: hay indicios de que Ángel Luna pudo haber recibido dádivas de una empresa como agradecimiento al desproporcionado número de contratos que le adjudicó siendo alcalde de Alicante. Y eso se llama cohecho en el Código Penal, y cohecho del de verdad, del de aprovecharse de la confianza de los alicantinos para beneficio de su bolsillo.
Respeto la presunción de inocencia de Ángel Luna, y jamás se me ocurrirá dar por probados esos hechos indiciarios que aprecia el TSJCV y llamarle delincuente.
Pero eso, exactamente eso, es lo que ha hecho Ángel Luna en los últimos dos años, elevar las conjeturas, suposiciones y sospechas al rango de prueba de cargo y condenar sin sentencia.
Y, apreciado lector, si le ves y le oyes en las Cortes pensarás lo mismo que yo: ¡cómo le gustaría ejecutar la sentencia con sus propias manos!






