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Galicia / alarma en ferrol

Cómo buscaron una vida «digna»

La demolición del poblado marginal de Penamoa convirtió al campamento de Freixeiro en «el punto de venta». Los vecinos denuncian la inseguridad

Día 17/03/2011
MIGUEL MUÑIZ
Frente al poblado de Freixeiro, al otro lado de la carretera, se ubican dos institutos; en la imagen, el vertedero de jeringuillas, casi todas sin capuchón.

Hace años los vecinos organizaron patrullas de guardia que controlaban la zona las 24 horas del día, sin falta. Lograron con sus cuadrillas que las ventas de droga disminuyesen notablemente

Muchos vecinos cuentan a los usuarios. «Basta con verlos», explicaron a ABC, al igual que el vertedero de jeringuillas y materiales para el consumo de drogas junto a sus propios hogares, que están expuestos

Los drogodependientes se adentran en la maleza para poder pincharse. Los residentes denuncian simplemente su inseguridad y lo que ven como «dejadez municipal»

Alos residentes en Amenadás (Narón) ya nada los amedrenta. Llevan años cohabitando puerta con puerta con el campamento de Freixeiro, considerado el punto de venta de droga más importante del norte de Galicia, y con el continuo movimiento de coches y peatones que este mercado genera. «Aquí no paran ni de día ni de noche», comenta una lugareña que vive a escasos metros del recinto chabolista. Y es que los edificios en los que moran las cerca de 400 personas afectadas por esta situación se ubican a pocos metros de la entrada principal al asentamiento.

Esta proximidad provoca que, desde hace 17 años —momento en el que se urbanizó este barrio naronense— sus habitantes convivan con un trasiego que conocen muy bien. Es parte de su día a día. «A primera hora de la mañana, cuando los niños salen para el colegio, (los consumidores) llegan en el tren porque el apeadero está muy cerca. Se bajan contando el dinero y cuando el tren da vuelta en la estación en Ferrol, se van y llegan otros». En 2010 en el campamento de Freixeiro —y según datos oficiales— vivían 34 familias, pero los residentes en Amenadás coinciden en que en la actualidad habitan allí cerca de medio millar de personas. «Ellos no paran de edificar. Nosotros los vemos llegar con camiones cargados de bloques y hormigoneras para levantar más chabolas, todavía más chabolas», cuentan nerviosos a este diario.

El presidente de la Asociación Narón Antidroga, Santiago Sendón, indica que ellos han llegado a contabilizar más de 1.000 visitas diarias de compradores. «No es difícil hacer el cálculo, basta con plantarse en esa calle y ver el número de compradores que pasan en diez minutos. Si giran a la derecha, ya sabes a dónde van, no hay fallo, siempre ocurre igual». ABC lo comprueba in situ. El goteo de turismos, taxis y peatones a las 12 de la mañana no cesa. «Los taxistas los traen hasta aquí porque les pagan el doble y además, como los esperan, hacen dos viajes», comenta una vecina que vive frente a uno de los accesos.

La clausura del campamento de Penamoa hace dos años provocó que la situación en Freixeiro fuese todavía a peor. Prueba de ello son las redadas que se han llevado a cabo desde entonces. En la última de ellas, acontecida a finales del mes de noviembre, la Policía detuvo a 14 personas, todas ellas miembros del mismo clan familiar. Durante la batida en el campamento, los agentes se incautaron de 45 gramos de heroína (unas 540 dosis, según la Policía) y 5 gramos de cocaína, además de 15.219 euros en metálico, un vehículo de gran cilindrada, una balanza de precisión, equipos electrónicos e informáticos y diversos útiles para manipular la droga.

Las ventas las realizaban las mujeres en distintas casetas, explicó la Policía, mientras los varones, «contactaban con los presuntos compradores indicándoles la caseta del poblado a la que debían dirigirse». Así, el campamento parece funcionar, en palabras de los agentes, «como un auténtico negocio de atención al público», —con «numerosas ventas de sustancia estupefaciente», sobre todo heroína—, al que se acercan compradores de La Coruña y Lugo.

Conscientes de lo que se mueve a pocos pasos de sus casas, los representantes vecinales solicitan al Ayuntamiento de Narón que instalen depósitos para los desperdicios de los consumidores y que incremente las rondas policiales por su barrio. «Los municipales hacen muy pocas pasadas, es lo que opinamos. Si hubiese más visita policial más a menudo habría menos problemas», dicen. También plantean otras alternativas para acabar con el crecimiento indiscriminado de este asentamiento, como la urbanización de la zona. «Al lado de Freixeiro, el concello tiene 14.000 metros cuadrados», manifiesta a este periódico uno de los propietarios de las tierras colindantes con el poblado.

«Nosotros pedimos que se construya ahí el nuevo centro de salud porque así se acabarían los problemas de aparcamiento y además, ayudaría a arrinconarlos». Sin embargo, desde la casa consistorial —y pese a las reuniones que los representantes han mantenido con el regidor— desechan esta opción argumentando problemas con el transporte público.

«Se pinchan en las farolas»

La relación entre los vecinos de Amenadás y los moradores del poblado es, al margen de todos los conflictos que el mercado de la droga genera, cívica y respetuosa. «Nosotros no tenemos nada en su contra, sólo queremos poder salir a la calle tranquilos», imploran desesperados. Esperanza, que reside en un edificio con vistas al campamento, explica que el problema empieza al intentar salir de casa, porque en muchas ocasiones los consumidores aprovechan el calor de los portales y la luz de las farolas para drogarse. «Yo he visto cómo se bajan los pantalones y se pinchan en los testículos, en los tobillos y en los pies. Eso es un día y otro y otro. Sólo pedimos que no vengan a consumir delante de nuestras casas». Cristina, dueña de un negocio, asiente al escuchar sus quejas. «Yo no puedo encender las luces de los escaparates porque se sientan debajo para meterse. Les llamas la atención y tienen más que decir. Esto es una vergüenza».

Pasear, deporte de riesgo

Los perros son otro de los motivos que en los últimos tiempos ha provocado más incidentes en este barrio naronense. Se trata de canes del campamento que pasean sueltos por las calles y por el parque infantil y que tienen atemorizados a los peatones. «Llamamos a la Policía municipal pero no vienen a buscarlos, sólo nos preguntan si tienen chip . Yo tuve que correr más de una vez hacia mi portal y a eso no hay derecho, de ninguna manera. Me tiemblan las piernas cada vez que los veo», relata a ABC.

A estos problemas de inseguridad se suman otros como, por ejemplo, las malas condiciones en las que se encuentran las parcelas anexas a las casas, por las que pasear es un verdadero deporte de riesgo. Hace unos cuantos años, la presión vecinal que ahora renace logró que el tráfico de drogas en el poblado se redujese hasta casi desaparecer. Para ello, los vecinos organizaron patrullas de guardia que controlaban la zona las 24 horas del día, sin falta. La situación se prolongó durante nueve meses, impidiendo que la gente accediese al campamento. Ahora, exigen que la Policía tome ejemplo. «Si nosotros lo logramos, ¿por qué no lo hacen ellos?».

«Nadie se aproxima aquí —narra el propietario de uno de estos terrenos—, a los niños les está prohibido terminantemente, por razones lógicas; y los mayores cuando salen a pasear, dan la vuelta mucho antes». En el suelo, este periódico pudo comprobar la existencia de papeles manchados de sangre, bolsas de plástico, jeringuillas —muchas de ellas sin capuchón—, jirones de ropa y restos de comida en mal estado. Esta realidad genera que el valor de estas superficies esté devaluado y que en los edificios los carteles de «se alquila» o «se vende» pierdan color con el paso del tiempo. «Nadie llama ni se arriesga a vivir aquí. La mayoría de los bajos, pensados para locales comerciales, llevan años vacíos», reconocen los habitantes más longevos, con un gesto de desesperación visible en la expresión de sus rostros.

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