Hay que situar el origen de la moderna «novela gráfica» en el siglo XIX y en el ámbito cultural francés. Fue precisamente en 1833, casi la misma fecha en que Balzac comenzaba la composición de sus Cuentos droláticos, cuando el suizo Rodolfe Töpfer publicó la primera de sus histoires en estampes, titulada Histoire de M. Jabot, un claro antecedente de lo que hoy en día definiríamos como «cómic», que un Goethe octogenario leyó con admiración y en la que creyó vislumbrar un género narrativo nuevo que daría, con el tiempo, declaró el anciano autor de Werther, «cosas extraordinarias». La hibridación de géneros resultaba atractiva al alma romántica, que pretendía unir todas las artes y hallar el vínculo sinestésico que relaciona todas las posibilidades de la imaginación, y surgen así obras como el Viaje a donde se os antoje (1843), con texto de Alfred de Musset y P. J. Stahl y fantásticos dibujos de Tony Johannot, o las ilustraciones de obras literarias del inolvidable J. J. Granville.
Es en este contexto donde surge la obra del que quizá fuera el más grande ilustrador de todos, Gustave Doré, nacido en 1832, el mismo año en que Balzac comenzaba la composición de sus droláticos, y que recibirá el encargo de ilustrarlos en 1855, en los inicios de su carrera artística. Nada menos que 425 ilustraciones para esta rara y quizá extravagante obra de Balzac, una hazaña considerable si tenemos en cuenta, por ejemplo, que las célebres ilustraciones de Doré para Don Quijote son sólo 370.
Este es un Balzac romántico y, en cierto sentido, desmadrado
Un lenguaje inventado
¿Un Balzac fantástico, pues? No tiene nada de raro si pensamos en La piel de zapa, o más aún en Serafita, novela inspirada en Swedenborg, pero lo cierto es que estos Cuentos droláticos parecen situarse en las antípodas del Balzac verdaderamente grande, el autor de Las ilusiones perdidas o Esplendores y miserias de las cortesanas, con su maravilloso laconismo, su fascinación con la realidad, con las costumbres, con los acentos, con las máquinas, con los materiales, con los trámites. Este es un Balzac no sólo fantástico y romántico sino también, en cierto sentido, completamente desmadrado, que inventa un lenguaje arcaizante o pseudoarcaizante y arma párrafo tras párrafo mediante aglomeraciones monstruosas de elementos que se parecen mucho, curiosamente, a las aglomeraciones monstruosas de los grabados de Doré pero muy poco a las maravillosas descripciones, digamos, de Papá Goriot o de Eugenia Grandet. Quiero decir que este crítico tiene la impresión de que Balzac sufre en este caso lo que tantas veces les pasa a los realistas que se adentran en la fantasía: que no se toman su trabajo muy en serio. Aunque no podemos olvidar que uno de los encantos de las novelas grandes de Balzac es, precisamente, esa especie de asimetría de su composición, ese carácter irregular que hace que la narración parezca ir siguiendo la arbitrariedad de la vida.
A vueltas con el título
Los cuentos son muy bonitos, es cierto, pero si Balzac sólo hubiera escrito los Cuentos droláticos nadie le recordaría hoy. Son irreverentes, sensuales, llenos de ironía, pero a menudo en exceso verbosos, con frases tan complicadas, descuidadas y llenas de información secundaria que se pierden en sus propias ramificaciones, y que leemos además en una traducción poco elegante y llena de torpezas («Bruyn cobró fama de buen cristiano, de leal caballero y lo pasó muy bien en los países de ultramar») y aquejada por un agobiante exceso de comas («que caminaba en la buena dirección, pero que, si se marchaba, a la gloria de Dios, a derrotar a los mahometanos que profanaban la Tierra Santa, aquello sería mucho mejor»).







