VERÓNICA
WALKER-VADILLO
La dimisión de Zahi Hawass vuelve a abrir el debate global sobre la repatriación de material arqueológico a países en desarrollo. Hawass es famoso por sus intensas campañas públicas exigiendo la devolución de material arqueológico extraído de Egipto de manera ilícita. Sin embargo, el controvertido ataque al Museo Egipcio de El Cairo ha puesto de relieve la dificultad de defender el patrimonio histórico en tiempos de inestabilidad. A esto se suman las acusaciones de corrupción y mala praxis contra Hawass, que parecen minimizar sus esfuerzos por recuperar el patrimonio histórico de Egipto. Su gorro fedora, reminiscente de Indiana Jones, y su participación en un gran número de documentales han sido objeto de denuncia por parte de la comunidad arqueológica egipcia, que acusan al ministro de estar endiosado y de atribuirse el trabajo de otros. Sea como fuere, lo cierto es que la personalidad apabullante de Hawass ha conseguido dar a conocer la egiptología y que el Museo Metropolitano de Nueva York acuerde devolver 19 piezas extraídas ilegalmente de Egipto por Howard Carter (descubridor de la tumba de Tutankhamon).
Sin embargo, no olvidemos que el Neues Museum de Berlin, actual hogar de la bella Nefertiti, sufrió hace poco más de medio siglo un bombardeo aliado muy destructivo. En realidad, la discusión oculta una serie de intereses económicos que nadie parece querer reconocer. El turismo cultural ha ido en aumento en las últimas décadas, generando una riqueza nada despreciable en ciudades con grandes museos. El patrimonio arqueológico no es sólo un vestigio del pasado, sino un recurso no renovable que puede ser usado para generar riqueza.
VERÓNICA WALKER-VADILLO ES ARQUEÓLOGA






