En la metralla estelar que en los últimos días nos bombardea sobre Liz Taylor, es tentador retroceder en el tiempo. Recrearse en sus magnéticas imágenes de juventud y aparcar las más recientes, las menos glamourosas. Sin embargo, en este caso estremece comparar la extensión de su leyenda con la de su vida. A finales de los años 60, ya había rodado todas sus grandes películas y casi no volvió a hacer cine. Y en 1976 ya se había divorciado de Richard Burton. A diferencia de Marilyn Monroe, muerta en la flor del éxito y de la edad, el reto para Liz Taylor fue cómo llenar las largas décadas que le quedaban. Cómo sobrevivir a la propia magia.
Considerando los excesos en que incurrió, fallecer a los 79 años puede calificarse de éxito. Duró más que Burton, que murió no sólo antes, sino 20 años más joven (a los 58); vivió más que sus queridos Rock Hudson, Montgomery Clift y James Dean, y hasta sobrevivió a Michael Jackson, a cuyo entierro, en 2009, acudió con tanta solemnidad como cuando le defendió a capa y espada en 2005 de unas acusaciones de abuso sexual a menores, acusaciones finalmente desechadas. Él le componía canciones de amor y puso su rancho «Neverland» a disposición para la última y más excéntrica boda de la estrella, la que le unió al ex albañil Larry Fortensky.
Todo lo que de fatal tuvo en el amor, Elizabeth Taylor lo tuvo de
fabuloso en la amistad y, a su manera, también en la familia. A través de una viudez y siete divorcios, supo mantener el amor de sus cuatro hijos, a quienes, además, preservó de la voracidad pública. Los cuatro estaban con ella cuando falleció, velando armas frente a su lecho: Michael Howard y Christopher Edward, nacidos de su matrimonio con Michael Wilding; Liza, con Michael Todd; y Maria, adoptada junto a Richard Burton. A los 39 años, Taylor ya era abuela. Hoy la sobreviven diez nietos y cuatro biznietos.
A los 39 años, Taylor ya era abuela. Hoy la sobreviven cuatro hijos, diez nietos y cuatro bisnietos
Pero eso no significa que Elizabeth Taylor pasara sus últimos años llevando niños al parque o haciendo calceta. Nada más lejos de su temperamento ni de su intención. Tuvo novio hasta el final, uno con el que hace apenas un año la veían prometida: Jason Winters, mánager de Janet Jackson, la hermana de Michael, y 29 años más joven que la legendaria estrella, que, además, ya entonces solía ir a todas partes en silla de ruedas. Ella negaba el compromiso pero no el amor, a la vez que calificaba a Winters como «uno de los hombres más maravillosos que he conocido». Quizás porque esta relación ya estaba en un punto equidistante entre la nostalgia de la pasión y la amistad.
La vida pasa factura
Su última gran entrevista se la hizo Larry King en 2006 (en ella tuvo que desmentir que padeciera alzheimer) y la última vez que se subió a un escenario fue junto a James Earl Jones, en un acto de recogida de fondos a beneficio de la Fundación Taylor contra el
sida. Las entradas se vendieron a 2.500 dólares, hubo más de 500 asistentes al acto y, aunque éste se celebró en plena huelga de guionistas, en 2007, con piquetes a la puerta de todo espectáculo, el de Liz fue respetado. A ella —y sólo a ella— le dieron la «dispensa de una noche».
Eso era sólo cuatro años después de negarse a acudir a una gala de los Oscar en señal de protesta por la guerra de Irak. Pero a pesar de su temperamento indomable y de la silenciosa fidelidad de todos los que la rodeaban y querían, el deterioro era cada vez más visible y más implacable. Desde los años 80 venía recibiendo tratamiento contra el alcoholismo y para entonces ya había sobrevivido a varias operaciones de espalda y de cadera, a un tumor cerebral benigno, a un cáncer de piel, a dos neumonías y a una traqueotomía. En noviembre de 2004 su inmenso corazón empezó a fallar y a llevársela poco a poco.
¿Se fue en paz? Parece que le dio tiempo hasta de reconciliarse con Debbie Reynolds, su vieja rival amorosa. Ha sido enterrada menos de 48 horas después de su fallecimiento, como mandan los preceptos de la religión judía a la que se
convirtió precisamente para casarse con Eddie Fisher. Sus restos se han depositado en el Gran Mausoleo del Forest Lawn Memorial Park, en Glendale (California), muy cerca de la tumba de su gran amigo Michael Jackson.
Taylor tuvo la coquetería póstuma de querer llegar tarde a su propio funeral
La ceremonia empezó quince minutos tarde sobre lo anunciado por expreso deseo de la difunta, que tuvo la coquetería póstuma de querer llegar tarde a su propio funeral. Por lo menos, al de verdad, al privado, en el que tomaron la palabra dos de sus hijos y otro buen amigo, el actor Colin Farrell. Más adelante habrá un funeral más público, más para la gran estrella de cine que fue. Éste era, simplemente, para Elizabeth.








