Vienen tiempos difíciles para los portugueses. Todos saben que el rescate solicitado por el Gobierno a la UE supone sacrificios y, de una forma generalizada, piensan que era necesario tocar fondo para protagonizar un cambio radical en el país y así salir adelante. La crisis no llega por sorpresa sino que está inmersa en la sociedad lusa desde hace muchos años. Nadie muere de hambre, aunque los números dicen que dos millones de portugueses (el 20% de la población) viven en el umbral de la pobreza.
Desde finales de 2000 los préstamos de las familias supera a los de la industria. «Se comenzó a entrar en una situación insostenible, con un consumismo tan grande que ahora tenemos situaciones dramáticas de personas con muchos préstamos y sin empleo», explica a ABC Antonio Madureira, de 55 años, separado con dos hijos y sin apenas trabajo. Vive en Tras-os-montes, considerada una de las regiones más pobres de Europa. Durante los últimos años ha trabajado en la restauración de patrimonio y arte sacro que las iglesias pagaban con los donativos de los fieles. «Ganaba 2.000 euros limpios al mes», recuerda, «pagaba 200 por mi taller y vivía sin problemas. Tenía una huerta que cedí a un vecino en apuros para que pudiese comer». Ahora, esta fuente de ingresos se ha cerrado, el taller se ha convertido en su casa y su vecino le da productos de la huerta para comer. «Ha vuelto el espíritu de solidaridad», resalta. «Somos un pueblo con capacidad de superación y Portugal necesitaba llegar a este punto, era la única forma de parar y poder dar prioridad a las cosas».
«Una bola de nieve»
Y llegados a este punto, se buscan explicaciones. No sirve decir que la culpa es de todos, «los que mandan tienen más responsabilidades», dice Vítor, taxista de Alcobaça y que ha trabajado 20 años en una fábrica de cerámica que cerró por la crisis. «Los portugueses sabemos que las medidas son necesarias, pero queremos una nueva generación de políticos capaces de liderar el país». La corrupción, el amiguismo, las influencias, los «lobbys».... la suma de todo ha pasado factura a una economía frágil que en el contexto global sufre el efecto dominó. «Era una bola de nieve que antes o después iba a reventar», subraya Rita Guerreiro, peluquera en Caldas da Rainha. «Lo peor es que las personas entran en pánico, pero la ayuda externa será buena. Peor que ahora no podemos estar», matiza.
El paro ha superado el 11%, el más alto desde hace 15 años en Portugal. Sectores como la industria (sobre todo textil y cerámica) han perdido miles de puestos de trabajo y otros como la construcción y la arquitectura ven cómo emigran todos sus cuadros cualificados. Existe el Portugal profundo, pero ahora más que nunca está prácticamente desierto. Los cinco millones de portugueses que viven fuera de su país saben que volver en este momento no tiene sentido.
Celeste Pereira vive en Vila Real, capital de Tras-os-Montes. Tiene 40 años, cuatro hijos entre los 3 y los 14 años y hace tres la echaron del periódico en el que llevaba trabajando 15 años. «Entendí que debía cambiar de rumbo y de forma inesperada centré mi profesión en la comunicación y animación turística del Duero». Se trata de una región muy degradada, «con una población menos preparada para enfrentar las situaciones de crisis».
Las medidas extraordinarias aplicadas por el Ejecutivo de Sócrates se han dejado sentir en las familias. «Hace un año dejé de recibir pequeños subsidios por mis hijos», explica Celeste, «y por tener cuatro no recibo ningún tipo de ayuda del Estado». Cree que esta zona es «un diamante por pulir capaz de generar mucho progreso y empleo» pero los bancos no prestan dinero para llevar a cabo los proyectos. Señala que «cayendo en la desgracia consigues fuerzas para subir» y añade que «necesitábamos un cambio radical de actitud». Si Portugal está siendo precursor de la desgracia, los portugueses esperan también serlo de una de una nueva forma de ver el mundo.







