Economía

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El halcón de Barack Obama

Maniatado por los republicanos en el Congreso, Geithner lucha por recortar el endeudamiento de Estados Unidos para salvar los muebles de la gestión de Obama y apaciguar a los mercados

Día 17/04/2011
El halcón de Barack Obama
REUTERS 
Timothy Geithner

Mirada de halcón y buen ojo. Tanto, que estudió chino mandarín mucho antes del «boom» asiático, cuando era un chaval, y también se maneja en japonés. Otra cosa es entender y traducir a soluciones apremiantes el galimatías del endeudamiento de los Estados Unidos. Porque aquel pletórico «yes, we can» es ahora un desesperanzado interrogante («¿podremos?»), depositado sobre los hombros de Timothy Geithner, el secretario del Tesoro de Barack Obama, acuciado por la monstruosa deuda pública a lomos de un cargo envenenado en el que lo mismo se reciben elogios no justificados que ataques inmerecidos. Y ahora se enfrenta a su mayor reto, cuando él mismo ha augurado turbulencias financieras globales si el Congreso no aprueba un incremento del techo de endeudamiento, pues a mediados de mayo se superará el tope establecido de 14.294 millardos de dólares. Es una grave dificultad económica, pero sobre todo un espinoso problema político: la radiografía del final del espejismo, ahora que los republicanos están aprovechando la coyuntura de su mayoría en el Congreso para forzar una enmienda a la totalidad (o casi) de las reformas de Obama. Y al pretoriano Geithner le corresponde tratar de salvar lo que pueda de ellas, sin descuidar el flanco de apaciguar en mandarín a los chinos, los mayores acreedores de deuda estadounidense.

Obama escogió a Geithner porque vio en él lo que necesitaba para superar la crisis financiera: la «rara avis» en la que confluían la condición de burócrata de largo recorrido y de cancerbero de las finanzas de Wall Street, ya que desde la Reserva Federal había pilotado el rescate de entidades bancarias y tomado parte activa en la decisión de dejar caer a Lehman Brothers.

Neoyorquino de Brooklyn, Geithner es hijo de una profesora de piano y de un directivo de origen alemán que trabajó durante años al frente del programa para Asia de la Fundación Ford; por ese motivo el hoy secretario del Tesoro vivió algunos años de infancia y adolescencia en China, India y Tailandia, donde terminó sus estudios secundarios. Un perfil internacional, hacen notar los analistas, que conecta con el del propio Obama en su juventud. Aunque no son amigos íntimos, Geithner aporta el oportuno contrapunto «wasp» (blanco con raíces europeas y «pijo») a la condición «mestiza» del ocupante del Despacho Oval.

De vuelta en los Estados Unidos, se graduó en Gobierno y Estudios de Asia y posteriormente completó un master en Economía Internacional y estudios de Asia Oriental en la Universidad Johns Hopkins. Recién salido de las aulas, encontró trabajo en una consultoría fundada por el ex secretario de Estado Henry Kissinger, y tres años después ingresó en el Departamento del Tesoro, donde le aguardaba una meteórica carrera, en la que ya llegó a secretario adjunto para Asuntos Internacionales bajo la presidencia de Clinton.

Pillado en un «pufo» fiscal

De Geithner se valora su conocimiento de la maquinaria burocrática, su capacidad para «apretar los tornillos», pero su condición de funcionario (gris, según sus detractores) no le ha librado de cuestionamientos y campañas feroces. Su nombramiento en enero de 2009 fue objeto de un debate encendido en el Senado porque no había pagado sus impuestos de autoempleo durante los tres años en que trabajó para el Fondo Monetario Internacional, de 2001 a 2003. Un total de 34.000 dólares que hubo de abonar de inmediato y con intereses.

A estas alturas, su prevención ante estos embates de la opinión pública es la distancia. Concede muy pocas entrevistas, y controladas al milímetro: o son con sus condiciones, o no son. Convencional en lo familiar, se casó con una compañera de estudios, Carole Sonnenfeld, y tienen dos hijos, Benjamin y Elise. Solo en un caso no pudo evitar que sus asuntos particulares se convirtieran en comidilla, cuando su nombramiento como secretario del Tesoro le forzó a trasladarse a Washington. Desde que colgó el «se vende» en su mansión del selecto suburbio neoyorquino de Larchmont, se reveló ante sus conciudadanos como víctima de la crisis inmobiliaria. No consigue desprenderse de ella, ni siquiera a un precio mucho más bajo de lo que a él le costó.

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