EN la celebración anual del Jueves Santo que hoy conmemoramos sería oportuno que los cristianos nos preguntáramos qué espera hoy de nosotros el mundo, qué le podemos ofrecer, y también cómo podemos hacer presente el mensaje cristiano entre nuestros contemporáneos, en la realidad concreta del medio humano en el cual nos toca vivir, esto es, en la España actual. Yo creo que lo primero que hemos de intentar hacer comprender a quienes nos rodean es que la fe no está reñida ni con la razón ni con la ciencia, sino que posibilita a ambas perspectivas de plenitud que por ellas mismas no se alcanzarían, porque cuando creemos que el ser humano y el mundo en que habita tienen origen en un actor creador y dador de finalidad a la historia no escapamos de la esfera de lo razonable, sino que proveemos de sentido a nuestra existencia, que, de lo contrario, sería absurda. Por otra parte, la fe supone unos límites a la razón científica, imposibilitando que ésta, reducida a mera técnica, se vuelva contra el propio ser humano cosificándolo e instrumentalizándolo. Piénsese, a estos efectos, en las posibilidades inhumanas que se abrirían de otro modo en el campo de la ingeniería genética, por ejemplo. Por consiguiente, el momento actual postula que la presencia social de los cristianos sea inteligente, es decir, dispuesta a dialogar con la ciencia y ponerla al servicio de la humanidad.
Por otro lado, dadas las peculiaridades del momento en que nos ha tocado vivir, estimo que la presencia del cristiano en el mundo ha de ser ejemplarizante. En un contexto en que se banaliza el comportamiento humano y se pierde cierta tensión ética en las actitudes, el testimonio de unas personas que sean coherentes con los principios que profesan y reflejen sus convicciones a través de sus conductas en la vida pública, empresarial, profesional, familiar y privada, constituye hoy un medio insustituible de transmisión de la fe, es decir, de plantear a los otros y a la sociedad en su conjunto unas preguntas acerca de dónde radica la clave de la felicidad y el equilibrio personales. Desenvolver en este entorno la actitud del diálogo frente a la imposición, la paz frente a todo modo de violencia, la aceptación de las limitaciones propias en lugar de la soberbia en la relación con los otros, y tantos otros modos de ser exigidos por la esencia del cristianismo suponen un insustituible medio de hacer ver a los demás que aquello en lo que decimos creer es de verdad la clave de nuestra vida. Amor y entrega a los demás y a la propia vocación vital, acogida de los otros y capacidad de perdón son los retos que hemos de imponernos en el día en que celebramos la memoria de la Cena.






