Se acerca la temporada veraniega y, con ella, la invasión de megapelículas de acción con las que nos castiga Hollywood. Ésta se basa en un comic Marvel (no de los más famosos), lo que promete poco para los que dejamos de leer tebeos, e incluso novelas gráficas, hace tiempo. Pero, sorpresa, aparece firmada por Kenneth Branagh, quien, pese a tener un tanto apagada su estrella últimamente, sigue ostentando un admirable currículo en el teatro clásico (es un tipo de mérito que no caduca tan rápido como la fama en el cine). Y, de forma menos sorprendente, Branagh y sus guionistas no han podido resistir la tentación de darle un toque shakespeareano a las intrigas familiares y cortesanas que tienen lugar en el palacio celestial (literalmente) en el que conviven el protagonista Thor, su padre Odín y su atormentado hermano Loki.
Pero la película no está destinada a los lectores de «Paideia» sino al público del cine de superhéroes y «Thor» le ofrece lo que está esperando, si bien de forma más modulada que en otros «blockbusters», para alivio al menos de quien esto escribe. La acción tiene lugar entre tres mundos: el reino de Asgard, de apabullante diseño visual (el incómodo formato del 3D aparece por una vez justificado), el mundo helado de Jotunheim y la Tierra, o en realidad una zona de Nuevo México, de menor interés visual pero en donde se concentra, literalmente, el interés humano de la historia, gracias a la deliciosa Natalie Portman, la mortal que conoce en su destierro terreno el dios del trueno (Chris Hemsworth, tan físicamente adecuado al papel que parece que le dibujaron así, vamos que es una eficaz caricatura de nuestra idea de una divinidad nórdica). En el haber de Branagh hay que apuntar el ligero toque de humor con que se toma la premisa general de la trama; la misma ligereza preside la concepción de las escenas de acción y batallas intergalácticas, que nunca llegan a parecer un mero e inacabable ejercicio de ostentación infográfica. Seguro que, si me gusta a mí, los expertos en tebeos le encontrarán pegas; pero creo que el trabajo de Branagh no se reduce, parafraseando uno de sus mejores títulos shakespeareanos, a mucho ruido y pocas nueces.






