Cultura

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El Armagedon del Anticristo

Día 19/05/2011

Sólo un lunático o un desinformado podría esperar que el cine de Lars von Trier o de Naomi Kawase le alegrara el día, y eso ha sido lo último que ofreció la competición por la Palma de Oro, «Melancholia» y «Hanezu», dos películas aparentemente muy distintas entre sí pero que coincidían en la ausencia absoluta de ilusión y de buen rollo. «Melancholia» al menos te proporcionaba, junto al abatimiento, sorprendentes imágenes y el rumor de una intriga, pero la de la japonesa Kawase sólo dudaba en las dosis entre abatimiento y aburrimiento, mucho de ambos en cualquier caso. Sólo una de las dos películas consiguió al final de la proyección una reacción unánime, la de Kawase: un silencio terrible. El director danés tuvo sus aplausos, aunque eso, a él, le trae seguramente sin cuidado.

Lars von Trier coge, en cierto modo, el mismo rábano que Terrence Malick, pero justo por otras hojas: «Melancholia» nos muestra lo contrario que «El árbol de la vida», es decir, no la creación sino la destrucción de la Tierra. Un gigantesco planeta llamado Melancolía viene directo hacia nosotros, hecho que se puede certificar mediante unas imágenes de la película que no son fáciles de olvidar por lo terriblemente hermosas; pero Von Trier no llama a Bruce Willis o a Nicolas Cage, sino a nuestro sentido común, nuestra humildad y resignación, y nos propone un observatorio curioso para el acontecimiento: una boda, unos simples personajes cargados de complejidades, un repaso a la disparatada actitud del ser humano que se angustia por lo pequeño, lo trivial y pasajero, mientras que es capaz de ignorar con indolencia lo grande.

En un prólogo que podría competir (y de hecho, compite) en monumentalidad, poesía e inspiración con el de Malick, Lars von Trier te cuenta ya al oído, tenuemente, su película, aunque luego la estira de un modo extraño, pues apenas se apoya en el suspense y en el misterio (ocurrirá, y punto) y en absoluto en la reflexión personal, pues su interés no se dirige hacia lo racional sino hacia lo irracional y emocional (el sentimiento maternal, la intuición animal, el atajo hacia la puerta de salida…).

A la caza de qué es lo que persigue Lars von Trier con «Melancholia» y poniendo al espectador contra el muro de su especie, creo sinceramente que trata más que de mezclar el abatimiento estético y la sumisión al universo, y ofrece un manojo de momentos y de imágenes irrepetibles, como Malick, pero con mucho hielo.

La de Naomi Kawase, «Hanezu», es una película tan íntima y propia que sus deseos de compartirse con alguien más son, o parecen, nulos. Rueda con mano de seda en la región de Asuka, donde nació, y es probablemente un elogio del alma del lugar, de su naturaleza y de sus tipos y modos… La geografía es, en realidad, la historia, pues no hay mucho que agarrar en la levísima y trágica trama amorosa de los personajes, siempre comparada con palabras poéticas con la trama amorosa de las montañas que rodean el lugar. En fin, es muy delicado, poético y funesto el fondo, y sutilmente envuelto en los grandes y suaves planos, en la propia lírica de la naturaleza, de sus plantas que se mecen, sus colores que adornan el drama y ese hormigueo de la vida que tal y que cual…

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