«Armstrong es muy inteligente. Sólo permite a unas pocas personas estar cerca. Lleva una vida independiente. Cambia de masajistas cada uno o dos años para protegerse. Organiza su horario para que nadie pueda adivinar dónde está. Sabe que es observado. En el equipo le gusta ser considerado como el jefe, ser tomado por Dios. El único momento en que es agradable es en enero, cuando no está sobre la bicicleta. Es un perfeccionista. No deja nada al azar. También es paranoico, sobre todo después del 11-S. Tiene un guardaespaldas para asegurarse de que un seguidor de Bin Laden no le corte el cuello. Pero tal vez lo más importante es su capacidad para intimidar. En el ciclismo, si quieres ganar carreras, tienes que aplastar a los otros. Armstrong me enseñó a ser desagradable. Corre basándose en la agresión, la ira y el temor que infunde a los demás...». Cédric Vasseur, corredor del US Postal en la época dorada de Lance Armstrong, realizaba en 2003 estas declaraciones a David Walsh, del Sunday Times, uno de los «látigos» periodísticos del ciclista texano.
Vasseur no es el único miembro de la vieja guardia pretoriana del heptacampeón del Tour que ha destapado trapos sucios. Aunque otros han ido más lejos. Floyd Landis, desposeído de la victoria en el Tour 2006 tras dar positivo por testosterona (la carrera fue a manos del español Óscar Pereiro), acusó hace un año a su compatriota de participar con él en programas de dopaje. «Me abasteció de parches de testosterona», señaló. «Es el momento de decir a los niños que Papá Noel no existe». De paso, salpicó a otros miembros del clan: Hincapie, Leipheimer y Zabriskie.
La semana pasada, Tyler Hamilton, medalla de oro en la contrarreloj de los Juegos de Atenas 2004 y suspendido después por dopaje, vecino de Lance en Girona en los buenos tiempos, aseguró en el programa de la CBS Sixty minuteshaber visto a su amigo «inyectarse» en el Tour de 1999, el primero que ganó. «Se metía EPO, testosterona... y transfusiones», reconoció. «Vi EPO en su nevera. Le vi inyectarse más de una vez, como hicimos todos, como hice yo tantas ocasiones». Un reportaje del mismo programa reveló que George Hincapie, a quien Armstrong consideraba «como un hermano», confesó a las autoridades estadounidenses que vio al texano usar sustancias prohibidas.
Hamilton reveló, además, que la Unión Ciclista Internacional ayudó a su jefe de filas a tapar un positivo por EPO durante la Vuelta a Suiza de 2001. «Sé que ocurrió, él me lo dijo. Pero insinuó que estaba solucionado y sonrió». La UCI ha negado estas acusaciones. Mark Fabiani, abogado del corredor, emitió un comunicado en el mismo sentido: «La CBS ha demostrado una grave falta de imparcialidad periodística y ha elevado el sensacionalismo por encima de la responsabilidad. Optó por fuentes dudosas y ha ignorado los cerca de 500 tests antidoping limpios y los cientos de excompañeros de equipo y rivales que han hablado de la ética de trabajo y el talento de Armstrong».
Gregarios agradecidos
Entre estos últimos se encuentra Chechu Rubiera: «Lance es un fuera de serie. Todo un señor. Le admiro muchísimo como deportista y como persona». Cuando Rubiera anunció su despedida a finales de 2010, el texano mostró su cariño a su fiel ayudante: «Chechu, tu amistad y lealtad son incomparables. ¡Te quiero, hermano!». Otros españoles, como Roberto Heras, al que un positivo por EPO en 2005 apartó del ciclismo de élite, o Manolo Beltrán, positivo por EPO en el Tour 2008, nunca han hablado de lo que supuestamente se cocía en aquel equipo que deslumbró al mundo, donde los gregarios iban como un tiro y copaban los primeros puestos de la Grande Boucle. Siempre detrás del boss, claro.
El cerco al hombre que venció al cáncer y entró en la leyenda no se comprende sin la prensa francesa. En 2006, L'Equipe publicó que en unas muestras de orina de Armstrong tomadas en 1999 fueron encontrados restos de EPO que eran indetectables en aquella época. Le Monde, por su parte, recogió unas declaraciones del ex compañero de Lance, Frankie Andreu, y su mujer, Betsy: aseguraban que Lance, tras pasar por el quirófano durante su tratamiento contra el cáncer en 1996, había admitido a los médicos el consumo de sustancias dopantes. El relato no fue respaldado por otros testigos. En 2004, los periodistas David Walsh y Pierre Ballester publicaron «L. A. Confidencial. Los secretos de Lance Armstrong»; en el libro, la masajista Emma O'Reilly afirma que el ciclista le pidió que tirara jeringuillas usadas y le solicitó maquillaje para ocultar las marcas de las agujas en los brazos.
Al olor de la sospecha ha llegado un sabueso, el agente federal Jeff Novitzky, el tipo que destapó el caso Balco en el atletismo que dio con los huesos de Marion Jones en la cárcel. Con la venia del Departamento de Justicia de Estados Unidos se desplazó a Europa, contactó con la UCI, con el Tour... También habló con Hincapie, Zabriskie, Leipheimer, Hamilton, con empleados de los patrocinadores de Armstrong, Nike y Trek, y con el ex campeón estadounidense Greg Lemond, que odia a Lance. Tal vez Novitzky se reserve el último capítulo de la deconstrucción del héroe.







