«Franco adaptó su régimen a las cambiantes circunstancias internacionales»
Álvaro Soto, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Madrid, cree que «es un debate interminable y circular». Una polémica que ha involucrado a numerosos protagonistas históricos e intelectuales desde la misma Guerra Civil. Soto, gran conocedor del Franquismo, cree que hay otro adjetivo que caracteriza mejor que cualquier otro al Caudillo: «Fue, por encima de todo, un superviviente que adaptó su régimen a las cambiantes circunstancias internacionales para garantizar su continuidad».
Tras la victoria en la guerra, Franco apostó por un proyecto político totalitario, inspirado en las potencias del eje y aconsejado por su cuñado y ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer. Así se percibe, por ejemplo, en la pompa casi imperial que rodea al jefe del Estado o en la ley que en 1939 le confirió «la suprema potestad de dictar normas jurídicas de carácter general» y «de modo permanente las funciones de Gobierno». Aquel primer franquismo se embarcó en una masiva movilización de la población.
Franco, ¿de totalitario a autoritario?
Miquel Oltra calificó al Franquismo de «fascismo frailuno» o «bonapartismo católico»
Franco, el «superviviente» del que habla Soto, puso en marcha su hábil juego político para transformar la apariencia del régimen y garantizar su pervivencia. Es ahora cuando Serrano Suñer fue defenestrado y se gira de la solución totalitaria a la autoritaria.
Es quizá este cambio de rumbo en el régimen, explicado por historiadores como Enrique Moradiellos –uno de sugeridos por el ahora crítico Paul Preston para haber realizado la polémica reseña de Franco–, los que han dificultado la definición del Franquismo. Porque, en realidad, han sido muchas y muy diversas las etiquetas que la historiografía ha colgado a un periodo tan largo, complejo y cambiante como el de la dictadura franquista.
«Bonapartismo católico»
Luis Suárez: «Franco no fue nunca ni presidente ni dictador»
El debate académico cogió vuelo tras la muerte del dictador a partir de la publicación de un trabajo de Linz, titulado «Una interpretación de los regímenes autoritarios: el caso de España». A partir de su publicación, investigadores de diferentes tendencias fueron alineándose como partidarios de calificar al Franquismo como totalitario o autoritario. Lo que casi ninguno dudó nunca fue que el general Franco instauró una dictadura. Hubo excepciones, como la de Luis Suárez, que en la extensa biografía del personaje que publicó en 1984 ya decía que «Franco no fue nunca ni presidente ni dictador (…) ejerció sin título de rey las funciones propias de un monarca».
Según Linz, el Franquismo reunía todas las características que el atribuyó a los regímenes autoritarios: un pluralismo limitado, la ausencia de una ideología elaborada y el fomento, más o menos encubierto, de la apatía de la población. En estos regímenes no son frecuentes las multitudinarias muestras de adhesión al líder, pero sí una tolerancia pasiva del mismo.
Obsesiones marxistas
Linz entonces, como Suárez hace un par de años por su entrada en el Diccionario, sufrió enconados ataques. Historiadores marxistas como Manuel Tuñón de Lara lo acusaron de pretender una rehabilitación encubierta del Franquismo e Ignacio Sotelo sostuvo sin reparos que la tesis de Linz era más bien «el franquismo en sociología». Solo el tiempo y el avance de la investigación sosegaron la controversia y hoy son mayoría los autores que aceptan como marco teórico el modelo de Linz y encuadran la España de Franco en el modelo de las dictaduras autoritarias, pero no totalitarias, por lo menos a partir de la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial. De cualquier modo, parece esta una cuestión imposible de zanjar definitivamente, en la historiografía y en el conjunto de la opinión pública. Decía Marx que «la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos». Ciertos sectores de la sociedad española parecen obsesivamente atrapados por este aserto.






