CUANDO una sociedad está enferma y no quiere, no puede o rechaza su enfermedad es una sociedad en declive, en descomposición. Agrietada por el sectarismo, por la ofuscación más nihilista, por la irrelevancia de lo superfluo, jaleada por la vaguedad de un pensamiento vano y plano. Perdidos los valores, atenazada la reflexión y herida la autocrítica o siquiera un mínimo atisbo de crítica, esta sociedad se muere lentamente, se muere en su individualismo pertinaz y excluyente, en su intransigencia y en su inmoralidad.
Hemos deteriorado la convivencia hasta límites intolerables. ¿Hasta cuándo? Es la entelequia de un nirvana erróneo. Pero no toda la culpa es la clase política, empieza por todos y cada uno de nosotros cuando rehuimos lo colectivo, el pensamiento, la sociedad misma. Ausentes de liderazgo político, ayunos de carisma y probablemente de una robusta ideología, ningún político que gobierne o que tenga opción de gobernar tiene capacidad por sí mismo para transformar o transar ante los verdaderos problemas y desafíos que acosan y sufre la sociedad.
Es cierto que esta clase política de hoy en día no es capaz de generar ilusión, emociones, tampoco adhesiones. Han usurpado todo atisbo mínimo de confianza, de credibilidad. El gobierno es incapaz de resolver y solucionar los enormes y enrevesados problemas. Huye hacia delante, confía su suerte a tácticas de distracción, ausente la ideología, cautivo de un falso partidismo doctrinario y vacío. Y en medio de esta ciénaga de veleidades vanas la sociedad empieza a convulsionar. Y sin embargo hay miedo a la reflexión crítica, a buscar el sentido común hurtado por una materialización deshumanizada del todo y la nada. Hace tiempo que nos hemos instalado en espejismos convexos. Pero hay un límite, el respeto, la convivencia, los valores, la tolerancia, el civismo, la justicia y la vía pacífica de toda reclamación o reivindicación.
Atrapadas las prácticas democráticas por acciones que no son políticas, sino mediáticas, judiciales —nada es casualidad— y económicas, la vaguedad y el vacío han tomado asiento en la escena pública y cotidiana. La política deja paso, y el político, el profesional instalado en lo público, mira hacia otro lado y deja hacer. ¿Qué cabe esperar y qué se espera de todos nosotros? Ese es el interrogante que no cobra respuesta. El de las respuestas huidizas, quebradizas y ausentes. El que puede provocar una mayor desafección de la política y lo público en un electorado y una sociedad hastiada, cansada de falsas promesas, de vacíos discursos. Todo se ha enmascarado en la trivialidad de la nada. Ya no solo se trata de regenerar la vida política, sino pública y social. Es la sociedad misma la que está en crisis, y lo está por la pasividad de todos nosotros.






