HAY que ser extremadamente ingenuo para creer que las palabras escritas puedan hacer algo más que recordar a alguien lo que ya sabe. Ya lo sugirió y desestimó Sócrates: «La escritura no es un método para mejorar la memoria, sino para auxiliar el recuerdo». Por si alguien tiene duda, lo repito, uno no ofrece en estas divagaciones verdadera sabiduría, sino sólo apariencia, puesto que al hablarle de muchas cosas sin enseñarles nada, parecerá que sé mucho, cuando, en su mayor parte, sé muy poco.
Es como habitar en la capital de nuestra isla y aspirar el aroma de la hierba o escuchar el canto de pájaros invisibles. Ellos están ahí, siento que cada vez menos, pero ¿quién los siente, quién los vive? Aunque la respuesta fuera negativa o usted manifestara el más altivo de los silencios, ellos no se alteran, siguen ahí. ¿A quién le importa?
Con esto quiero decir que la interpretación, el comentario, el sentido de mis desvaríos no es solo de la palabra escrita, sino también es tarea lectora. Al igual que la hierba y los pájaros no existen para la ciudadanía, sino solo para quien detiene su atención, digo mi opinión sobre cualquier cosa, y aun sobre aquella que supera tal vez mi capacidad y que podría estar fuera de mi competencia. No tengo duda alguna de que hablo, con frecuencia, de cuestiones que los maestros del oficio hacen mejor y con más rigor. No trato de hacer ciencia, ni algo parecido. Cuanto opino, lo opino además «a mi gusto», no a la medida de las cosas. Son mis fantasías, mis castillos en el aire, mis realidades imposibles, mis angustias patológicas o mi limitado punto de vista y reconocida ignorancia.
Se me puede considerar catastrofista, pero ¿a quién creeremos hablando de una realidad tan corrompida, si a pocos o a nadie podemos creer? El primer rasgo de la corrupción social y de las costumbres es el exilio de la verdad, así el mentir y el jurar en falso no son defectos sino maneras de hablar. Si alguien quisiera ir más allá en este testimonio, podría decir que ahora los consideran virtudes o síntomas de distinción. Y es que nos formamos en ello, nos habituamos a ello, nos adaptamos o nos dejamos llevar por la corriente; el disimulo está, en efecto, entre las cualidades más notables de nuestra cultura. Quizás por ello se considera virtud a saber quitarse de en medio y dejar que los demás decidan. ¿Quiénes? Los de siempre, los de toda la vida.






