El pueblo de Chachapoyas despide a los jóvenes expedicionarios de la Ruta Quetzal con un espectacular fin de fiesta. Los chicos llevan dos días entre las calles de este lindo pueblo, situado al noreste de Perú, y han contagiado a los locales de su buen humor. Ha habido “feedback”, como defiende el regidor municipal, Diógenes H. Zavaleta, porque el municipio se ha volcado con los niños para mostrarles sus costumbres, su forma de vivir y de ser características, haciéndoles llegar que son una “cultura viva”.
Este pueblito de calles peatonales, inclinadas, con arquitectura sencilla, y con todas las casitas similares –blancas, con cierres en madera- se ha llenado de vida, literalmente, durante las últimas 48 horas, hasta que la Quetzal se ha ido rumbo al pueblo de Zaña. Todo lo contrario a lo que sufrió desde su fundación, a cargo del capitán Alonso de Alvarado en 1538, ya que a los chachapoyas se les consideró, incluso, una “civilización perdida”, relegados al aislamiento tras la ocupación inca a mediados del siglo XIV. La ciudad cuyo topónimo es igual al de las llamadas “gente de las neblinas o de las nubes” se levanta a la margen derecha del río Marañón, que desemboca en el Amazonas y fue destino, en su momento, de las poblaciones asentadas en la conjunción del bosque nuboso del noreste de Perú y el alto Amazonas. En ese ambiente se gestó durante la etapa colonial el mito de El Dorado y la exploración de la enigmática selva tropical.
Hospitalarios
Los muchachos se han ido de Chachapoyas con el recuerdo tatuado en sus pies de las caminatas a la ciudadela de Kuélap y a la selva amazónica, hasta arribar a las cataratas de Gocta. También portan en su mochila la música y el folclore popular (como la curipa, un singular baile que escenifica la siega de las tierras) que han invadido por una tarde el pabellón municipal para dar las gracias a la Quetzal por haber dado a conocer, por fin, su cultura fuera de la región.
Obsequian a cada niño con dos llaveros; también les dan dulces típicos, café y té. La Quetzal regala a Chachapoyas una placa conmemorativa de que ellos pasaron por aquí y se encargaron de decirle al mundo que allá en las neblinas de los bosques amazónicos (a los chachapoyas se les conoce como “gente de las neblinas o de las nubes”) habitan unos seres excepcionales, tremendamente humildes, pero hospitalarios hasta el extremo.
El ejemplo del zaragozano Borja Juan
También los muchachos han dejado hoy su aportación más especial en este lugar. El grupo coral conformado bajo la dirección del profesor Borja Juan Morera, y que integra a 70 niños, ha llenado de melodía la bellísima iglesia de la localidad peruana. El repertorio ha estado compuesto de la obra para guitarra “La catedral de los pájaros”, también otra canción sobre Martínez Compañón, que data del siglo XIV, y el Ave María guaraní. Por último, dos obras corales han cerrado el concierto intercultural: una obra en quechua del siglo XVII y un canto zulú han logrado que entre los locales y los ruteros saltara alguna lagrimita.
El mérito de este director de orquesta zaragozano, de solo 21 años, es notorio. “La cosa funciona porque quizás me ven con una edad similar a ellos, muy joven, que tiene ganas de pasarlo bien y que entiende también los esfuerzos que hay que hacer para integrar el coro” dentro de la Ruta. El que ha sido hoy el triunfador del día en este rincón de Perú pone un ejemplo: “Hoy mismo, cuando el resto de jóvenes estaba asistiendo a un taller de alfarería en el pueblo de Huancas, nosotros hemos ensayado 6-7 horas para que todo saliese perfecto en la actuación”.
Encargado del aula de Música
Borja es titulado profesional de Música en la especialidad de Piano por el Conservatorio Profesional de Música de Zaragoza y lleva con las corcheas entre sus venas desde los 5 años. Ha estado “al otro lado”, el de los niños, en 2007, y ahora es profesor (repetidor) encargado del aula de Música de la expedición.
Según cuenta tras la actuación, los chavales que tocan un instrumento lo reflejan al hacer las pruebas de la Quetzal y los elegidos traen sus instrumentos hasta aquí (aunque la organización de la expedición dispone de varios de ellos). Este año decidió “jugársela” y dio el todo por el todo al escoger piezas que serían interpretadas por 18 instrumentos distintos y las voces aterciopeladas de los jóvenes de 16 y 17 años de 53 países que engrosan las filas de este regimiento rutero. “Parece que ha salido bien, al final”, dice muy satisfecho. No para un segundo y, mientras contesta, ordena el traslado de los instrumentos en un camión que debe salir de Chachapoyas hacia Zaña.
« Borja contacta por email con todos los muchachos susceptibles de querer participar en el coro»
Es una delicia ver a la juventud volcarse en proyectos como éste y otra que un profesor como Borja les embauque de la riqueza del patrimonio musical español, sudamericano, mestizo... Y, sobre todo, vivo.






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