| Final | 1 | 2 | 3 | 4 | 5 |
|---|---|---|---|---|---|
| R. Nadal | 4 | 1 | 6 | 3 | |
| N. Djokovic | 6 | 6 | 1 | 6 |
En Wimbledon, tan exclusivo el torneo inglés que se valora más que ningún otro aunque tenga el mismo premio que cualquier grande, se consagró la gigantesca figura de Novak Djokovic, presumido número uno que estrena maillot amarillo con el título más preciado en su museo. Ganó también en Londres y de nuevo con Rafa Nadal al otro lado de la pista, martirizado el balear por un tenista superlativo, encogido porque el interminable repertorio de golpes de su rival agrandaba una herida moral cada día más dolorosa. [Así hemos narrado el partido]
A Nadal, campeón de los campeones, talento y corazón multiplicado por mil, se le nubla la vista cuando se cruza con el serbio y ya ha perdido cinco finales en lo que va de año, siendo especialmente dolorosa ésta porque en los Grand Slam acostumbra a ser portada con sonrisa y buena cara. De momento, Djokovic marca su límite y pasa a ser el enemigo. Es una bestia que le anula.
Nulas opciones
No hay apenas discusión en el 6-4, 6-1, 1-6 y 6-3 del marcador, monólogo de Djokovic con un receso engañoso que descubrió una pizca de amor propio en Nadal. Siempre a remolque, atenazado y más errático que en el resto del torneo, el español alimenta un ventajista comentario: Djokovic es a Nadal lo que Nadal es a Federer, un misterio sin resolver porque el de menor rango e historial gana casi siempre al pez gordo. En este nuevo clásico del tenis, programado en numerosas ocasiones para el futuro ya que les acompaña la edad, Djokovic parte con una ventaja psicológica que da alas a su renovado manual. Saca bien, corre como nunca, exhibe una agilidad asombrosa y llega a cualquier bola para acabar golpeando como si de un martillo se tratara. Nadal, desde el fondo de la pista y sin recursos, da fe.
La hierba de Londres confirma un año prodigioso para Djokovic, a quien le avalan 48 victorias con la única mancha de aquella semifinal en París contra un Federer sublime. Todo lo demás ha tenido siempre el mismo signo, con ocho títulos en una mochila repleta de oro, rey también en el verano australiano. Su meta, confirmó hace unos meses, era ser el número uno, su sueño ganar Wimbledon. Sin titubeos, rotundo en su discurso, animado por un ruidoso palco que grita más que toda la Catedral junta, avanza como un torbellino en dos primeros sets de escándalo.
En el primero, se beneficia de la primera bola de rotura a su favor para desnivelar la balanza. En el segundo, abusa de la nula capacidad de Nadal para retomar el pulso. Djokovic va lanzado hacia su tercer Grand Slam. «Es muy difícil describir esto con palabras. Es el día más especial de mi vida porque acabo de ganar el que siempre ha sido mi torneo favorito. Wimbledon es el primer torneo de tenis que vi por televisión cuando era niño», resumió de buenas a primeras mientras masticaba un pellizco de hierba para constatar que el éxito era real.
Nadal, a remolque, se perdió por el camino mientras buscaba un hueco por el que meterse, anulado un saque que le funcionó bien en cuanto a estadísticas, pero poco resolutivo al fin y al cabo. En los cinco juegos en los que concedió punto de break a su rival, tropezó sin remedio porque todos los restos de Djokovic eran fuego. Demasiado nivel, un muro insuperable para Nadal. «Hoy fue imposible. Jugué lo mejor que pude, como siempre, pero volveré a intentarlo», apuntó en su desconocida versión de derrotado.
Indian Wells, Miami, Madrid, Roma y ahora Wimbledon, cinco torneos para tortura de Nadal, cinco torneos para certificar que Djokovic es un número uno con todas las de la ley. La hierba de Londres consagra al nuevo emperador








