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Nunca le gustaron los preámbulos y ha eliminado los rodeos en el hasta siempre. Hace seis lunas abandonó el Tour con el fémur destrozado y ayer se despidió del ciclismo. Alexandre Vinokourov (37 años) ya no está. De un día para otro, ha colocado el punto final a una vida construida desde la necesidad. Le colocaron un micrófono y anuncia su retirada. Sin el recurso al lenguaje moderno de las estrellas —los comunicados—, sin traducciones ni intermediarios. Se va. Lo dijo él mirando a los ojos de la cámara.
Vinokourov llevaba vida de anacoreta en el pelotón. Era casi mudo para los periodistas y también para sus compañeros, con los que mantuvo una relación precisa, aunque no cercana. De profesional a profesional. Vinokourov miraba fijo con sus ojos turquesa y no hablaba. «Era muy buena gente, pero distante con todo el mundo», recuerda Manolo Saiz, en cuyo equipo compitió después de sellar una alianza con el gobierno de Kazajistán. Por Vinokourov existe hoy el equipo de la capital de su país, Astana.
Se va un ciclista excesivo, de perfil intransigente. Imprevisible, inconformista, impaciente, brutal y todos los apelativos posibles que choquen contra la pasividad. «Soy un competidor y no me conformo con estar en la lista de inscritos». Directo y primitivo, era uno de los pocos ciclistas por los que Lance Armstrong sentía admiración y hasta temor. Capaz de amedrentar a un pelotón por un derrote, de dilapidar un Tour por una escapada o de provocar sudores fríos por un arranque de furia. Vinokourov nunca aceptó las compañías. O iba solo o no iba.
No hablaba, sólo actuaba. Y de todo ha vivido. Victorias y escándalos, pero siempre a toda mecha, sin concesión al tiempo. Ganó pletórico la contrarreloj larga del Tour 2007 y tres días después fue expulsado al desvelarse su positivo por transfusión sanguínea. Vinokourov no se quejó. Se marchó a Kazajistán a encerrarse dos años en la nevera, sancionado por dopaje.
Cuando volvió, en 2009, como pilar gubernamental del equipo de Contador, no tuvo ni una mala palabra para nadie. Y tampoco negó su dopaje. Lo admitió en un sobreentendido como parte de las reglas del juego: «He aprendido a olvidar la dificultad. No soy rencoroso. No es la mentalidad de los kazajos».
En Kazajistán no pisaba pétalos de rosa. Se educó en la escuela ciclista del CSKA, el ejército. E hizo la mili en el Dynamo, el equipo de la policía. Formación castrense pura y dura. Le dejaron una bici artesanal y tenía que construirla como un mecano siguiendo el método del palo y la zanahoria, castigo y recompensa. Le daban una pieza por cada victoria. En breve tuvo dos bicis. Criado en un país cuyos deportes nacionales son la lucha, el judo y el boxeo, emigró a Francia en 1997. Con una mano delante y otra detrás, y compartiendo apartamento con Kivilev, su compatriota que murió en 2003 en un accidente.
Vinokourov levantó una imagen de ciclista rudo. No destacaba en nada, pero tenía una indudable fuerza interior. Mejoró en la subida, en la contrarreloj, en el llano y regaló muchas victorias a su país: Vuelta España, Lieja, Amstel Gold Race, Dauphine, París-Niza, cuatro etapas del Tour... Un guerrero ardoroso que ayer cerró su hoja de servicios.







