Galicia

Galicia / fragua histórica

El pregón de la humildad

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Porque Alfonso, ese joven poeta de la vida de 75 años, todo se lo ha gando a pulso y en base a sacrificio, esfuerzo y dignidad

Día 22/07/2011

ALFONSO González tiene cara de buena persona. Trabajador, honrado. Dedicado a su oficio, no sabemos si por necesidad o por vocación, pero lleva desde 1963 ejerciendo tan noble profesión, limpiabotas. En Lavacolla, punto de salida y de llegada, de reencuentro de gentes, de historias, de despedidas y alegrías. Alfonso es contador de historias. Lector avezado y disciplinado, contumaz y devorador de libros. Despierta el asombro y el aplauso de su interlocutor. No lo conozco, pero sí acabo de conocer su historia. La historia de ser orador público, la de ser literato y filósofo, y la de dejar boquiabierto al que fue nuestro único nobel gallego y en su madera de boj dedicarle varias páginas.

Ahora, el alcalde de Santiago, Conde Roa, da un golpe de efecto, y a buena fe que a la gente le ha gustado. Alguien sencillo, honesto, trabajador, de aquí, del pueblo llano, de la gente humilde de Santiago y que conoce cada esquina y cada rincón de esas calles que serpean la vieja y mágica ciudad y que él engalana, a sus ciudadanos, con su profesión. Porque Alfonso es un hombre culto, no sé si tiene o no estudios, no hace falta tener licenciaturas o doctorados para ser simplemente un hombre culto. Porque cuando sus palabras eclipsaron el viento tímido de la noche del Obradoiro, ya lo han hecho, llegó al interior de los compostelanos, llenó su corazón y provocó su sentimiento. Porque Alfonso sabe contar historias, sabe narrar la vida misma, porque tal vez tiene el don de la sensibilidad, una sensibilidad que rezuma por todos los poros de su piel.

Tiene la mirada limpia, un tanto pilla y penetrante, lista y despierta. Y porque con sus 75 años a cuestas, bien llevados, sigue ganándose la vida con lo que mejor sabe hacer. Porque estamos hartos del mundo de la farándula y la fama esquiva y huidiza que los focos y la televisión otorgan indiscriminadamente y a veces sin demasiados méritos. Porque a veces no vemos ni sabemos calibrar en su justa dimensión lo que tenemos al lado, lo más próximo, lo cotidiano; sino que lo minusvaloramos. Porque estamos cansados de pregones folklóricos y no sentidos. Porque del alma de un poeta brota a borbotones la poesía de la vida y del sentimiento que sólo quien la atesora la puede aflorar y encender el entusiasmo y la reflexión.

Porque Alfonso, ese joven poeta de la vida de setenta y cinco años, todo se lo ha ganado a pulso y en base a sacrificio, esfuerzo, tesón y mucha dignidad. Porque su vida no fue fácil ni sus principios ni sus sueños de infancia robada por la noche fría de hospicios y el cariño hurtado de estrellas sin el fulgor de una madre que acaricia y acola. Porque tal vez tras los cristales de aquella infancia soñaba con lo que sólo podía soñar. Desde Raxoi, Alfonso González, el limpiabotas, tal vez de los últimos de una profesión, habló y pregonó unas fiestas que siente suyas, que ha prohijado, habló de la vida y los sueños, de novela y filosofía, y lo hizo en un lenguaje que todos entendemos, porque lo hizo desde el corazón, la inocencia de la verdad y el cariño inmenso a una ciudad tan mágica como mítica.

Porque mirando las viejas y ochocentistas piedras del Obradoiro su mirada, su verso, fue más límpido y cristalino que todo el fulgor del betún y el mimo del brillo. Acierta de pleno Santiago y su alcalde. Enhorabuena Alfonso.

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