Teatro

Teatro / ENTREVISTA

Belén Rueda, nuevo capítulo teatral

La actriz interpreta a Sophie von Essenbeck en la versión escénica del filme de Visconti «La caída de los dioses»

Día 25/08/2011 - 10.43h

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Belén Rueda se confiesa feliz de volver a ponerse en la piel de Sophie von Essenbeck, la implacable baronesa que creó Lucchino Visconti en su película «La caída de los dioses», adaptada para el teatro por el esloveno Tomaz Pandur. El montaje, estrenado en Valladolid el pasado marzo, llega el jueves a las Naves del Español, donde estará hasta el 23 de octubre. Junto a la actriz intervienen en esta obra, ambientada en los albores del régimen nazi, Nur Levi, Manuel de Blas, Francisco Boira, Pablo Rivero, Fernando Cayo, Alberto Jiménez, Emilio Gavira, Santi Marín y Ramón Grau.

—Desde el estreno hasta la segunda plaza de la gira, en Eslovenia, pasó mucho tiempo. ¿Cómo se vive ese ir y venir a un personaje?

—Pasaron cuatro meses. Lo ideal es hacerlo continuado, pero cuando transcurre tanto tiempo entre una y otra función, de alguna manera se asienta el personaje y lo recuperas con mayor madurez; es como si formara parte de tu propia vida y fuera un pasado que tuvieras que retomar.

—¿Se ha sorprendido en esos cuatro meses comportándose como lo haría Sophie y no como lo haría Belén?

—Algo se me ha pegado. Yo tengo un carácter muy comprensivo, con mucha paciencia, y Sophie es una mujer con las ideas muy claras, no hay casi nada que le haga salirse de su objetivo. Y me he dado cuenta de que hay situaciones en las que hay que decir: ¡Esto es así, y punto! Y en este tiempo me he sorprendido haciéndolo, cuando a mí me gusta dar muchas explicaciones. Los personajes nos modifican a menudo.

—¿Qué es lo mejor de ser actriz?, ¿poder aprender de los personajes, poder vivir otras vidas, incorporarlas a la propia...?

—Un poco de todo, en realidad. Enriquece mucho interpretar a un personaje de una época histórica determinada, o que vive una situación que tú personalmente nunca vivirías. Conoces otras realidades y te metes en ellas profundamente, no lo haces de una manera superficial. Eso te permite entender mejor el comportamiento de otras personas; no significa que las justifiques, pero sí que sepas por qué actúan de determinada manera.

—¿Qué es lo que más y lo que menos le gusta de Sophie?

—Me gusta su determinación, su voluntad para luchar por aquello que quiere. Pero no me gusta que lo haga dejando las emociones a un lado porque no quiera profundizar en las consecuencias de lo que hace.

—Sophie tiene una relación muy especial con su hijo. Usted es madre, ¿llega a entenderla?

—He descubierto que hay personas aparentemente insensibles, pero que en realidad no lo son, y cuya arma es congelar sus sentimientos. Lo que no entiendo es cómo se puede hacer eso.Sophie es una persona que no se deja influir por las emociones de los demás, y casi tampoco por las suyas. Y en el momento en que abre el corazón en la relación con su hijo, se da cuenta de todo el mal que le ha hecho a él y a sí misma y no puede seguir viviendo. Es una relación que no puedo entender.

—¿Le ha costado más que en otras ocasiones llegar al personaje?

—Sí. Todos tenemos dentro de nosotros un lado comprensivo, dictatorial, sufriente, feliz, alegre, deprimido... Y según nuestro carácter desarrollamos unos aspectos más que otros. Pero cuando eres actor tienes que recuperar ese comportamiento que no es natural en ti, y a veces cuesta, porque lo estás cuestionando todo el tiempo. Personalmente, a mí me cuestan mucho los personajes autoritarios o altivos.

—¿Qué es lo que le ha llevado a volver al teatro, cuando no lo tenía entre sus planes inmediatos?

—Me atraía mucho trabajar con Tomaz. Había visto «Barroco» y «Hamlet», y me parecía un director especial, del que todos los que habían trabajado con él hablaban maravillas. Y se quedaban cortos. El proceso de construcción de los personajes es muy enriquecedor.

—¿También agotador?

—Sarna con gusto no pica. Es un privilegio hacer lo que te gusta y vivir de ello. No hay que quejarse nunca. Y el cansancio físico hace que afloren muchas cosas, porque estamos mucho más sensibles, los sentimientos y las emociones están a flor de piel. Y nuestras herramientas son esas emociones.

—Algunos actores dicen que cuando están haciendo comedia ven la vida con mayor optimismo y cuando hacen drama ven las cosas más grises. ¿A usted le pasa?

—No siempre. Durante el tiempo en que estás en una función —con «Closer» estuve seis meses seguidos—, tu vida cambia, te pasan cosas, y puede suceder que la función quede impregnada de lo que te pasa a ti, y otras veces es la función la que afecta a tu vida personal, o te hace recordar determinadas cosas que tenías abandonadas en el parking de tu memoria. Pero el hecho de tener una vida familiar, unos hijos, te hace poner los pies en la tierra.

—La vida está en casa...

—Sí, pero cuando tratas un asunto tan delicado como el de esta obra, con una época histórica como el comienzo del nazismo en Alemania, donde ocurrieron cosas tan tremendas en tan poco tiempo, sí me gusta explicarles a mis hijas algunas cosas sobre ella. Durante los ensayos había una escena que quería hacer Tomaz en la que teníamos que cantar una canción muy significativa de los nazis. Y es curioso: yo me metía en casa con el ordenador y la ensayaba; pues mi hija menor, sin saber nada de Hitler ni de lo que estaba cantando, me decía que lo dejara, que le daba muy mal rollo. Eso me ayudó a contarles lo que pasó en esa época, que creo que es importante que lo sepan.

Mucho más que «la cara bonita»

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