Cuando el noruego Knut Hamsun avisó sobre la conveniencia (artística y ficticia, se entiende) de un «crimen civilizado, un pecado excelente y una preciosa depravación» en su seminal novela «Misterios», al cine aún le faltaban tres años para nacer, y a la saga literaria que recogió tal testigo del moderno canon del «noir» nórdico, unos 110. Ya se sabe que las cosas de palacio (de las corrientes de aire, claro) van lentas pero seguras, y en 2009, un lustro después de que Stieg Larsson pasase a mejor vida sin probar una gota de su increíble fama póstuma, las adaptaciones «locales» de su saga «Millennium» ya eran carne de celuloide presto a su comercialización por toda Europa (otra cosa sería el amigo americano, muy suyo él, que aguardaría unos años más hasta que David Fincher realizara, justo en estos momentos, la adaptación made in Hollywoody con licencia para matar, la de su estrella Daniel Craig como Mikael Blomkvist).
Seguramente el cine escandinavo, que nunca se ha caracterizado por su velocidad, se creció y aceleró espoleado por el gran éxito que «Déjame entrar» cosechó la temporada anterior. Y, así, armó el mobiliario articulado de las tres películas con un ojo puesto en el material literario original (aunque con licencias notables) y otro en la pequeña pantalla, vivero del que procedía buena parte de su equipo técnico y artístico. Empezando por el director, Niels Arden Oplev, responsable de la primera entrega, «Los hombres que no amaban a las mujeres», mientras que para las dos siguientes cedió el honor a Daniel Alfredson (precisamente hermano de Tomas, director de «Déjame entrar»). Y para la miniserie de seis episodios resultante, ambos firmaron a pachas, para no discutir.
El primer fragmento de «Millennium» llegó a las pantallas a finales de febrero de 2009, con su madeja inicial enroscada alrededor de la desaparición, cuarenta años atrás, de la joven sobrina de un rico industrial, quien contacta con un avispado periodista para seguir el rastro, palpitante cuando hace acto de aparición una extraña chica poco dada a las carcajadas y a los colores chillones llamada Lisbeth Salander. El resto del tejido, oscuro, elegante aunque algo sintético, ya es prácticamente leyenda. Al menos, del cine sueco.





